Pandemia, demencia y soledad: así fueron los últimos días del femicida Ricardo Barreda

Liberado en 2008, tras la condena por asesinar a su mujer, sus hijas y su suegra, el odontólogo pasó sus últimos años entre un amor nacido en cautiverio, manifestaciones antiperonistas y un irremediable descenso al deterioro físico y la pobreza. Murió en casi total soledad, en medio del encierro por el Covid-19, con un particular encargo para su lápida.

“Arrepentido de mis pecados cometidos”, reza la lápida de Ricardo Barreda en el cementerio municipal de José C. Paz, donde el odontólogo es, por lejos, el residente más famoso. Hasta allí llegó el 27 de mayo de 2020, dos días después de fallecer en un geriátrico de la zona, por muerte oficialmente natural pero asociada a problemas de próstata y Alzheimer. Lo transportó un vehículo negro azabache de la cochería Siciliano. No hubo ni velorio ni cortejo.

El adiós del femicida más famoso de la historia criminal argentina ocurrió en el pico del encierro de la pandemia, por lo que apenas un par de funcionarios judiciales –designados para certificar el procedimiento- acompañaron a los enterradores durante aquella fría y desolada mañana de otoño bonaerense.

Sus allegados aseguran que fue él mismo quien pidió que esa frase lo acompañara en la eternidad, como muestra de penitencia. Apenas unos meses antes, cuando el Covid-19 no había aun paralizado al mundo, un periodista lo reconoció en una calle de La Plata y un Barreda de voz temblorosa le confesó estar “profundamente arrepentido” de haber asesinado a su esposa Gladys MacDonald (57), a sus dos hijas, Cecilia (26) y Adriana (24) y a su suegra Elena Arreche (86).

Los últimos años de Ricardo Barreda estuvieron lejos de la casa de la calle 48 entre 11 y 12 de La Plata donde, el 15 de noviembre de 1992, asesinó a escopetazos a las mujeres de su familia. También transcurrieron lejos de la relativa “buena vida” que había disfrutado gracias a su profesión de odontólogo. Tras cumplir su condena, sus días finales estuvieron marcados por situaciones de marginalidad, graves problemas económicos y de salud y, sobre todo, por la soledad.

Luego de intentar hacer creer que las mujeres habían sido víctimas de un asalto, Barreda fue condenado en 1995 a reclusión perpetua por el crimen. El caso se convirtió en uno de los episodios policiales y judiciales más resonantes de nuestro país y, con el paso de los años, pasó a ser una referencia para la lucha contra la violencia de género, a la vez que fue trivializado por una parte importante de la sociedad, que incluso llegó a reivindicar burlonamente al femicida.

Aspectos, todos ellos, en los que indaga la película biográfica que estrenó hoy la plataforma Amazon Prime, en la que el odontólogo está interpretado por el maravilloso actor Luis Machín.

La vida de Barreda tras salir de la prisión por el femicidio

En 2008, cuando Barreda tenía más de 70 años y llevaba alrededor de 15 detenido, la Justicia le concedió el arresto domiciliario y así fue cómo abandonó el sistema penitenciario para instalarse en el departamento del barrio porteño de Belgrano de Berta André, conocida como “Pochi”, una señora con la que había iniciado una relación mientras se encontraba detenido.

“Pochi” era una docente jubilada y sin hijos que conoció al odontólogo en 1998 en la Unidad Penal 9 de La Plata, durante una de las acciones solidarias que llevaba a cabo en el presidio. La enterneció su desamparo y la ausencia casi absoluta de visitas. Ante los jueces que decidieron la excarcelación, ella aseguró que estaba dispuesta a mantenerlo con su jubilación y que su casa oficiaría como el domicilio requerido para cumplir la prisión domiciliaria.

Barreda junto a Berta

Barreda junto a Berta "Pochi" André

Juntos pasaron casi seis años dorados en los que Barreda salía a dar vueltas por el barrio para recibir los saludos jocosos de sus vecinos y se sumaba con entusiasmo a los cacerolazos contra el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Antes de que todo se fuera al garete, la feliz pareja tuvo vacaciones en Ushuaia y un muy recordado viaje a Córdoba, donde llegaron a formarse colas de turistas que querían sacarse fotos con el tipo que mató a toda su familia.

Pero las cosas cambiaron fuerte en 2014. La Justicia decidió revocar la libertad condicional de Barreda, por considerarlo una amenaza para "Pochi". La mujer padecía una enfermedad neurológica que había deteriorado mucho su estado y diversos testimonios señalaban que el odontólogo la maltrataba, humillándola permanentemente por su peso. Alejada del femicida del que se había enamorado, Berta André falleció en julio de 2015.

Apenas unos meses más tarde, en diciembre, Barreda recuperó la libertad. El año siguiente, el juez Raúl Dalto declaró extinguida la pena que pesaba sobre él. La resolución significó que dejaba de estar bajo control judicial, casi 24 años después del cuádruple crimen y recuperaba formalmente la libertad plena.

Los últimos años de Barreda: marginalidad, deterioro y aislamiento

El concepto de "libertad plena" puede hacer pensar en un escenario luminoso para el odontólogo femicida. Pero fue todo lo contrario.

Desde el momento de su liberación definitiva y hasta su muerte, cuatro años más tarde, su vida cotidiana fue un tránsito hacia los infiernos de la precariedad económica y el deterioro físico y mental. Al no tener ya la posibilidad vivir en el coqueto apartamento de "Pochi" en Belgrano, Barreda intentó recuperar la casa de La Plata donde asesinó a su familia, pero había sido expropiada por el gobierno bonaerense. Uno de los pocos allegados que le quedaban lo dejó vivir en una propiedad en Tigre, que era más que un galpón que otra cosa y donde el ya anciano homicida lavaba su ropa en una palangana.

Sin estructura familiar y con vínculos personales casi nulos, Barreda comenzó a alternar entre viviendas prestadas, hospitales, pensiones y, finalmente, establecimientos geriátricos. Tras el paso por Tigre, terminó internado en el hospital provincial de General Pacheco, donde llegó entre delirios y con un estado general de enorme fragilidad.

Cuando recibió el alta, en julio de 2017, se instaló en una pensión de Pacheco y luego en otra de San Martín. Se sostenía principalmente con una jubilación mínima y la cobertura de PAMI. Hacia 2019, su deterioro era cada vez más evidente. Tenía problemas de memoria y atravesaba episodios muy graves de desorientación: en la pensión tuvo que ser asistido varias veces luego de sufrir caídas. En agosto fue internado en el Hospital de Agudos Eva Perón, donde ingresó con una neumonía severa y permaneció largo tiempo terapia intensiva.

En marzo de 2020 fue trasladado al Hogar Geriátrico del Rosario, en José C. Paz, donde murió apenas unas semanas después. Tenía 83 años y la lucidez le llegaba y se le iba de a ratos. Permanecía la mayor parte del tiempo en una especie de limbo, con dificultades incluso para recordar el cuádruple asesinato por el que había pasado gran parte de su vida en prisión.

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