Martín Miguel de Güemes: el escudo inquebrantable del norte que garantizó la independencia

A través de la inédita estrategia de la Guerra Gaucha y al mando de sus temerarios Infernales, el líder salteño frenó sistemáticamente el avance del imperio español y le dio a San Martín el tiempo vital para ejecutar su plan continental. A 205 años de su trágica muerte tras una traición interna, un repaso por la vida del héroe indispensable que la historia oficial tardó décadas en reivindicar.

Martín Miguel de Güemes es uno de los hombres fundamentales que integran el panteón de nuestra historia. El de la Guerra Gaucha, el de las batallas silenciosas y del desgaste permanente. El que no cruzó los Andes ni condujo el Éxodo Jujeño, pero sin quien ninguno de esos proyectos habría sido posible. Su coraje convirtió a Salta en la barrera más firme contra el avance de los ejércitos realistas, transformando al norte argentino en un muro contra el que chocaron una y otra vez las tropas españolas.

Nació en Salta el 8 de febrero de 1785. Hijo de un importante funcionario de la Corona española, eligió la carrera militar y muy joven fue destinado a Buenos Aires.

Cuando el Cabildo de Salta adhirió al movimiento revolucionario en 1810, su vida cambió para siempre. La Primera Junta le encomendó la estratégica tarea de cortar toda comunicación entre el Virreinato del Río de la Plata y el Virreinato del Perú, una misión que cumpliría de inmediato.

Desde entonces, su destino quedó ligado al Ejército del Norte, primero junto a Manuel Belgrano y luego a José de San Martín, convirtiéndose en una pieza fundamental del proyecto emancipador y en uno de los caudillos más populares de su tiempo.

Párrafo aparte merece un curioso episodio de su juventud que protagonizó durante las Invasiones Inglesas y que sirve para entender el carácter del hombre que sería años después.

Para Güemes no existían objetivos menores. Fue Santiago de Liniers, héroe de la Reconquista, quien le encomendó la particular misión de coordinar acciones con Juan Martín de Pueyrredón para capturar el barco británico La Justina, que había quedado encallado en las costas del Río de la Plata. Así, el 12 de agosto de 1806 protagonizó una acción militar digna de una novela de aventuras. Tras dos horas de combate, avanzando a caballo por la costa e incluso entre las aguas, logró capturar junto a sus hombres el navío enemigo. Una audacia que sorprendió a sus superiores y anticipó el temple que marcaría toda su trayectoria.

Apenas iniciada la guerra por la independencia, el norte se convirtió en el principal escenario de combate. Desde el Alto Perú descendían continuamente fuerzas realistas con el objetivo de recuperar las provincias rebeldes. La guerra era permanente y fue precisamente allí donde emergió con claridad la figura de Güemes.

Martín Miguel de Güemes

Su experiencia y la de sus gauchos le permitieron comprender rápidamente que los ejércitos patriotas enfrentaban fuerzas mejor equipadas y más experimentadas. Por eso se encargó de diseñar una novedosa estrategia, para lo que organizó milicias con sus gauchos, hombres acostumbrados a recorrer enormes distancias, conocedores de cada sendero, quebrada y rincón del territorio, cuestiones que los habilitaban para desplazarse con rapidez y sorprender al enemigo.

Queda claro que sus gauchos no respondían a los modelos militares europeos. Atacaban por sorpresa, cortaban líneas de abastecimiento, hostigaban tropas y desaparecían mucho antes de que el adversario pudiera reaccionar. Así nació la forma de combate que pasaría a la historia como la Guerra Gaucha.

Cuando fue elegido gobernador por una asamblea popular, otorgó rango militar a esos hombres de campo que ya combatían a su lado y con ellos creó la célebre División Infernal de Gauchos de Línea, una unidad temida por los realistas por su eficacia, movilidad y ferocidad en combate.

Entre 1814 y 1821 se abrió un escenario de contienda permanente.

Los españoles intentaron una y otra vez avanzar sobre Salta y Jujuy, pero la efectividad de las fuerzas organizadas por Güemes logró desgastar sistemáticamente a cada ejército que descendía desde el Alto Perú. Los realistas podían ocupar temporalmente algunas ciudades, pero les resultaba imposible consolidar su dominio sobre el territorio.

Además, mientras las tropas gauchas mantenían ocupado al enemigo, José de San Martín podía desarrollar su proyecto continental. Y es que el Ejército de los Andes necesitaba tiempo para entrenarse, reunir recursos y preparar su campaña. La resistencia salteña proporcionaba una frontera activa que absorbía buena parte del esfuerzo militar realista y le concedía a San Martín un margen invaluable para concretar su plan.

Por eso no resulta casual que San Martín alabara frecuentemente la tarea de Güemes. Ambos comprendían que eran eslabones de una misma cadena. Mientras uno liberaba Chile y avanzaba hacia Perú, el otro impedía que los españoles descendieran hacia el corazón de las Provincias Unidas, un trabajo de pinzas perfecto.

Y sin embargo, si en el terreno militar Güemes había encontrado reconocimiento y aliados, su vida política estuvo lejos de ser sencilla. Era un líder admirado por los sectores populares, pero también despertaba un profundo rechazo entre buena parte de la élite salteña, precisamente el grupo social del que provenía por herencia familiar.

Los grandes comerciantes y propietarios cuestionaban las contribuciones económicas destinadas a sostener el esfuerzo bélico. Las tensiones fueron creciendo hasta convertirse en una abierta confrontación política.

Un dilema que lo enfrentó a un enemigo externo decidido a destruirlo, y a una oposición interna que reducía sus márgenes de acción y que, en algunos casos, rozaba abiertamente la traición.

En junio de 1821, esa combinación resultó fatal. Un grupo de adversarios locales facilitó el ingreso de fuerzas realistas a la ciudad de Salta y preparó una emboscada de la que el experimentado general no pudo escapar. Durante el enfrentamiento recibió un disparo que le atravesó el cuerpo. La bala ingresó por la cadera derecha y quedó alojada en la ingle izquierda.

Monumento Guemes

Lejos de rendirse o entregarse, se aferró al cuello de su caballo y logró escapar para reunirse con una de sus partidas. Por razones de seguridad, fue trasladado a la Quebrada de la Horqueta, donde permaneció varios días.

Mientras continuaba organizando la resistencia, sin más atención que la que podían brindarle sus hombres y acostado en un humilde camastro en medio de las sierras. Sabía que sus posibilidades de sobrevivir eran mínimas, pero se negó a capitular. Antes de morir ordenó recuperar la ciudad de Salta y exigió a sus hombres la promesa de continuar la lucha hasta expulsar al último español del territorio. También pensó en su esposa, Carmen Puch, compañera inseparable de aquellos años difíciles.

Murió el 17 de junio de 1821. La muerte de Güemes provocó una profunda conmoción, pero los gauchos que integraban su ejército de Infernales continuaron combatiendo.

Durante buena parte del siglo XIX y del XX, la construcción del relato nacional privilegió a los hombres de Buenos Aires, los debates de los salones y las campañas de los grandes ejércitos regulares. En ese esquema, las guerras de frontera quedaron muchas veces relegadas, olvidando que nuestra independencia también se defendió en los caminos del norte, en los cerros salteños y en la resistencia cotidiana de hombres que combatían con escasos recursos frente a uno de los imperios más poderosos de su tiempo. Güemes se convirtió en la expresión más contundente de esa historia menos contada, pero indispensable para que la Revolución sobreviviera.

Hoy existe consenso entre los historiadores en que la independencia argentina no puede estudiarse sin comprender la resistencia organizada en el norte. La Guerra Gaucha no fue un episodio secundario ni una anécdota regional. Fue uno de los pilares militares sobre los que se sostuvo el proceso emancipador.

Martín Miguel de Güemes murió a los 36 años. No llegó a ver consolidada la independencia por la que había luchado, pero dejó una frontera defendida, un pueblo movilizado y un enemigo agotado.

Sostuvo la Revolución en el lugar exacto donde podría haberse infiltrado el comienzo de su derrota.

Fue un hombre decidido que convirtió a todo un pueblo en ejército y que hizo de la resistencia una forma de dignidad, de coraje y de grandeza permitiendo la consolidación de la independencia argentina.

Una enorme y rebelde figura que sigue despertando admiración, 205 años después de su muerte.