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Lo llamaban El Asesino Puntual y aterrorizó a San Isidro: quién era el hombre que cometía crímenes en serie

Su figura sigue despertando interés, tanto por el contexto en el que actuó como por las preguntas que aún rodean su caso.

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  • Durante años, una serie de crímenes cometidos con una regularidad inquietante sembró el miedo en una de las zonas más transitadas y residenciales del conurbano bonaerense. San Isidro fue escenario de hechos que desconcertaron tanto a vecinos como a investigadores, no solo por la violencia de los ataques, sino por un patrón que parecía repetirse con una precisión casi calculada.

    La forma en que se sucedían los hechos alimentó teorías, temores y una sensación de vulnerabilidad que se extendió más allá de las fronteras de San Isidro, impactando en toda el área metropolitana. Con el paso del tiempo, la historia de quien fue conocido como “El Asesino Puntual” se transformó en uno de los capítulos más oscuros y recordados del crimen en la Argentina.

    Quien era Francisco Antonio Laureana, el asesino serial que aterrorizó San Isidro

    Francisco Laureana

    Sus ataques seguían un patrón violento y repetitivo, lo que intensificó el miedo y permitió vincular los casos.

    La historia de Francisco Antonio Laureana, apodado “el Asesino de San Isidro” y "el Asesino Puntual", ocupa un lugar central entre los casos más perturbadores del delito en la Argentina y durante mucho tiempo fue vista como el primer gran antecedente de un asesino en serie en el país. Su accionar marcó a fuego una época y dejó una huella profunda en la memoria social.

    Sus crímenes se concentraron principalmente entre 1974 y 1975, en distintas localidades del norte del Gran Buenos Aires y también en otras provincias. El contexto era complejo, atravesado por una fuerte inestabilidad política y por un sistema mediático que todavía no estaba preparado para cubrir fenómenos de este tipo. Laureana llevaba una vida nómade, con empleos ocasionales, y se desplazaba de un lugar a otro para no dejar rastros ni ser reconocido.

    Se le adjudican al menos 15 homicidios de mujeres jóvenes, aunque hay investigadores que creen que la cifra podría ser aún mayor. Su modo de operar seguía un patrón: elegía zonas aisladas o semi rurales, atacaba con una violencia extrema y, en muchos casos, cometía abusos y mutilaciones. Esto generó un clima de miedo generalizado en las comunidades donde actuó y puso en alerta a las fuerzas de seguridad.

    Con el correr de los meses, los diarios comenzaron a darle cada vez más espacio al caso y cada nuevo hallazgo reforzaba la sospecha de que se trataba de un criminal serial, una figura todavía poco conocida en la Argentina de esos años. La persecución para dar con él se transformó en una de las más grandes de la historia policial del país.

    En 1975, finalmente fue ubicado en la provincia de Santa Fe. Allí se produjo un enfrentamiento con la policía que terminó con su muerte. La versión oficial indicó que fue abatido, aunque durante mucho tiempo también circuló la idea de que pudo haberse quitado la vida para no ser detenido.

    Su fallecimiento impidió que enfrentara un juicio, pero puso fin a un período de terror y dejó un caso emblemático para la criminología argentina.

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