Finalmente, la rubia aceptó y tuvieron su primer encuentro; siempre en casa de ella. La discreción era la regla; porque a ninguno de los dos les interesaba que se sepa. No fueron citas extensas. El futbolista pasaba; dejaba el auto en la puerta de la casa de ella, bajaba, se hacían unos mimos y él seguía su ruta. Alguna vez tuvieron más tiempo y ella se entusiasmó.
La relación no prosperó. No porque ella estuviese molesta por ser su amante. No había problema por eso. Pero así y todo no siguieron. La rubia no guarda rencor ni despecho; dice que la pasó bien con él pero lamenta que no hayan podido seguir viéndose. "Y más teniendo en cuenta que le tuve que bancar los nervios".
¿Los nervios?, dijimos. "Claro -acotó ella-, estaba tan nervioso la primera vez que se inhibió y... no pudo. Al principio no podía", agregó con cara de nostalgia. Nada que a un señor no le pase alguna vez, sobre todo inhibido ante semejante potra. Pero que eso se sepa no le debe gustar ni medio a él.
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