Dios desciende y Rosalía asciende en LUX, su nuevo disco

A Rosalía se le reza, pero también se la estudia. Cada lanzamiento suyo parece escrito para torcer las coordenadas de lo que creemos es un camino marcado. Tres años después de Motomami, publica un disco monumental que rompe con la lógica del hit.

Nadie vio venir esta mutación. La Motomami urbana ahora aparece vestida de blanco, como si hubiera hecho voto de pureza estética. Pero detrás del imaginario de monja inmaculada hay un proyecto profundamente terrenal. Rosalía sigue hablando del cuerpo, el deseo y la fe, solo que ahora lo hace desde otro registro: el del rito musical.

A los 33 años, la artista catalana entrega una obra grabada junto a la London Symphony Orchestra, donde la espiritualidad también puede ser un gesto de vanguardia. El punto de partida, Berghain, traza la hoja de ruta: colaboración con Björk y Yves Tumor, base orquestal que se retuerce entre el techno y la ópera, y una puesta en escena que une la catedral y la pista de baile. La canción es el resumen de todo el disco: la tensión entre lo sagrado y lo profano, lo íntimo y lo monumental.

En Mio Cristo Piange Diamanti, Rosalía recurre al italiano y al registro operístico, pero no desde la solemnidad, sino con una teatralidad casi punk. Luego,en Dios es un Stalker enfrenta a lo divino con la cultura de la fama y en La Perla, junto a Yahritza y Su Esencia, deja entrever heridas sentimentales que muchos leerán como indirectas (directas) a viejas relaciones, específicamente a Rauw Alejandro y además es el tema más tiktokero del disco. Porcelana, escrita en cuatro idiomas, mezcla fraseo urbano y cadencia litúrgica con una naturalidad que desarma cualquier frontera sonora.

El álbum está estructurado como una sinfonía contemporánea más que como una colección de canciones. Cada “movimiento” avanza y se repliega, alternando densidad y vacío. Rosalía obliga a la escucha activa: no propone consumo inmediato, sino inmersión. En tiempos de playlists desechables, Lux apuesta por la experiencia total.

A nivel sonoro, es su proyecto más ambicioso. La London Symphony Orchestra no funciona como acompañamiento, sino como eje narrativo: las cuerdas sostienen, interrumpen y expanden la voz de Rosalía, que se mueve entre la plegaria y la confrontación. Magnolias, el cierre, es una despedida casi fúnebre: piano, coros angelicales y una frase final que condensa su tránsito espiritual “Dios desciende y yo asciendo”.

En La rumba del perdón, junto a Estrella Morente y Silvia Pérez Cruz, regresa a una faceta ya conocida de su reporterio. Memória, con la fadista Carminho, la encuentra sumergida en el fado portugués.

En el corazón del disco, las referencias religiosas no son decorativas: funcionan como territorios de resistencia. Juana de Arco, Teresa de Jesús y Santa Rosalía aparecen como símbolos del sacrificio y la insurrección, de lo místico como gesto político. Lux llega en un momento donde la generación más joven vuelve a mirar hacia la fe, desde la necesidad de encontrar sentido.

Cada idioma, cada textura, tiene una función dentro de la arquitectura del relato. Su grandeza no está en acumular referencias, sino en darles un propósito narrativo.

Lux no pide ser entendido en la primera escucha. Exige entrega. Es una pieza de resistencia en un ecosistema de inmediatez, un disco que devuelve la idea de que la música aún puede ser una experiencia transformadora. Si Motomami fue una revolución del yo, después del "yo soy muy mía yo me transformo", Lux es su expansión espiritual: la prueba de que, incluso cuando se eleva al cielo, Rosalía sigue escribiendo desde la carne.

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