Los goles que el Gobierno no pudo festejar

Al desplegar una bandera con la leyenda "Las Malvinas son argentinas", los jugadores de la Selección generaron el hecho político del año. Pero también, y sin siquiera buscarlo, terminaron dejando a contrapierna al gobierno de Javier Milei, que se metió en un pantano de declaraciones y perdió la posibilidad de capitalizar los triunfos de la Scaloneta.

Pier Paolo Pasolini fue uno de los grandes cineastas y escritores italianos del siglo XX. Intelectual indócil, marxista heterodoxo y observador implacable de las transformaciones sociales de su tiempo, también fue un apasionado del fútbol. Y nunca vio contradicción entre esas dos facetas. Fascinado por igual por el fútbol de potrero y por el espectáculo de los grandes escenarios de la Serie A italiana, defendió con orgullo su amor por un deporte que buena parte de la izquierda de la época despreciaba como el "opio de los pueblos".

Esa posición privilegiada le permitió desarrollar una mirada única sobre el fenómeno futbolístico. Pasolini supo encontrar belleza en los partidos improvisados de los pibes de los barrios populares de Roma, pero también descifrar el significado social, político y cultural del fútbol profesional, al que definía como el último gran rito sagrado de la sociedad contemporánea. Le encantaba un jugador argentino que descolló en Italia: Enrique Omar Sívori, un antecesor que muchos consideran a la altura de Maradona y Messi.

Probablemente, Pasolini habría estado extasiado con lo que sucedió el miércoles por la tarde, luego del partido en el que la Argentina derrotó a Inglaterra. En medio de los festejos, un grupo de jugadores surgidos de potreros y clubes de barrio, pero que hoy son estrellas conscientes de la repercusión de sus acciones, generaron el hecho político del año. Tanto los jugadores como el seleccionador, Lionel Scaloni, se habían encargado de bajar la intensidad de la expectativa ante un partido de tanta trascendencia geopolítica, pero, luego de una remontada heroica, mostraron su verdadero sentir. Igual que Diego en el '86.

Es absolutamente inverosímil creer que el gesto espontáneo de haber tomado una bandera con la leyenda "Las Malvinas son argentinas", que cayó de las tribunas, no hubiera estado precedido por algún tipo de acuerdo entre los principales referentes sobre la necesidad de hacer algún gesto. Si está en todas las canciones que cantan, el tema Malvinas estaba también en su cabeza. El episodio parecía destinado a viralizar un reclamo y solo podía molestar a quienes ocupan ilegítimamente las islas desde hace casi 200 años. Pero estos talentosos jugadores terminaron dejando a contrapierna —sin siquiera buscarlo— al gobierno de Javier Milei.

En una gestión en la que la vocería se ha desmadrado, los problemas llegan por los lugares más inusitados. En este caso, fue la verborrágica ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, la que quedó en off side al avalar y recomendar que quienes asistieran al estadio en Kansas no llevaran referencias a Malvinas, homologando un reclamo consagrado por la Constitución Nacional con actos provocativos.

Monteoliva inició su carrera profesional a mediados de los años 90 en Medellín, en pleno desarrollo del Plan Colombia. Se desempeñó en un contexto marcado por una estrategia impulsada por Estados Unidos que, bajo el argumento de combatir al narcotráfico, dejó un saldo de miles de víctimas sin lograr desarticular el negocio ilegal de las drogas. La actual funcionaria se reconoce discípula del general Óscar Naranjo Trujillo, exjefe de la Policía Nacional de Colombia durante el gobierno de Álvaro Uribe, luego vicepresidente de Juan Manuel Santos y hombre de la DEA.

Por eso se entiende que haya difundido como propio, y sin queja, lo que decidieron en los Estados Unidos. Lo llamativo es, por un lado, la torpeza para poner al Gobierno en una contradicción con la Selección finalista del mundo y, por otro, que sus fluidos contactos con la administración Trump no la hayan alertado de que un funcionario de la Casa Blanca terminaría apoyando la manifestación de Messi y los suyos. Al ser consultado en una conferencia de prensa por un periodista británico sobre el accionar de los jugadores albicelestes, el director ejecutivo del grupo de trabajo para el Mundial 2026, Andrew Giuliani, fue categórico: "Tienen la capacidad de hacerlo en los Estados Unidos de América".

El episodio metió al Gobierno en un pantano, con una serie de declaraciones de funcionarios —el Presidente incluido— en las que parecía que criticaban a la Selección y luego aclaraban que no. Monteoliva no hablará por un tiempo y el Gobierno perdió la posibilidad de capitalizar los triunfos de la Scaloneta. Pero el exitoso tránsito hacia la final tiene muchas otras consecuencias. La más inmediata fue que se cayera la sesión en el Senado en la que el oficialismo quería dar media sanción a la ley que habilita a vender sin límites la tierra argentina a extranjeros.

La gesta futbolística contra Inglaterra, sumada a una rosca eficaz del peronismo, generó un clima que hizo dudar a los aliados. Gritar los goles de un país que querés rematar es una contradicción que no todos están dispuestos a aceptar tan fácilmente. Las conversaciones de senadores opositores con pares como Alejandra Vigo y Camau Espínola fueron escamoteando el número que buscaba Patricia Bullrich, que ya había tenido un altercado con Victoria Villarruel sobre el tema. Otros dialoguistas avisaron que tampoco acompañarían.

Con la contienda electoral aún lejana pero inminente, todos juegan. Hace unos días, un colaborador le escuchó decir a Sergio Massa: "Hay que hablar mucho con Flavia (Royón) para que no haga siempre lo que quiere Sáenz". El peligro no está conjurado del todo porque la sesión se pasó para el 6 de agosto y los libertarios esperan que, pasado el fervor nacionalista por el Mundial, se pueda volver a la carga con la extranjerización de la tierra. Hay tiempo y recursos para negociar, pero la creencia supersticiosa de que el fútbol puede distraer la atención y permitir avanzar con medidas antipopulares puede salir al revés.

El propio Presidente se apresuró a ofrecer la Casa Rosada vacía para que los jugadores celebren una copa que ya es exitosa, pase lo que pase en la final. La estúpida idea de que la política puede aprovecharse de los logros deportivos privó a los argentinos de ver a Messi en el balcón de la Casa de Gobierno, como pudo hacer Maradona en el '86 y el '90. No parece que esta vez vaya a pasar algo distinto.

En 2022, la falta de pericia de Alberto Fernández en su relación con Chiqui Tapia y un gobierno completamente desarticulado hicieron que la selección no fuera. El gobierno de Milei no está en el peor momento de su relación con Tapia, sobre todo desde la llegada de Juan Bautista Mahiques al Ministerio de Justicia, pero el presidente de la AFA sabe reconocer enemigos. Tapia ha sido acosado por investigaciones judiciales y por una campaña mediática fortísima de los mismos medios que patrocinan a Milei y sabe que la llegada de la Selección a la final no es un dato inocuo para su situación. Él ya salió campeón. Por eso generó un paso de comedia pasando por detrás de Lionel Messi cuando hacía declaraciones a la prensa, con Luciano Nakis secándole la nuca. El gesto es desafiante, pero lo verdaderamente significativo es la complicidad del mejor jugador de la historia. La señal es esa.

Messi, que siempre ha rehuido las confrontaciones por fuera de su ámbito, hizo declaraciones pospartido que también incomodaron al Gobierno. "Sabemos que los mundiales para nosotros son especiales y nos olvidamos de todo lo malo que nos toca pasar, que hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes o que la vive peleando", dijo el astro. Fue Adrián Ravier quien le contestó, no con más sentido de la oportunidad que Monteoliva. El vocero dijo: "No coincidimos en el Gobierno con esto de que la gente no llega a fin de mes". Es cierto que matizó al sostener que "no dudo de que hay personas que atraviesan esa situación, pero decirlo de manera general da la sensación de que todos viven la misma realidad", pero la contradicción es evidente.

Enmarañado en un ámbito que no maneja, el vocero no se limitó a decir solo eso en una entrevista. También se metió con el tema Malvinas en la red social X: "Siendo un país bananero, nunca vamos a recuperar las Malvinas. Si logramos que la Argentina sea grande nuevamente, próspera y respetada, nuestras posibilidades de avanzar en el reclamo de soberanía serán mucho mayores. La única vía es la diplomática, y el respaldo internacional es clave".

"En los últimos días, un reconocido columnista de The Guardian sostuvo que incluso desde el Reino Unido hay quienes reconocen que las Islas Malvinas 'no pueden seguir siendo británicas para siempre' y que tarde o temprano habrá que retomar las negociaciones. Durante el Mundial, la reivindicación argentina volvió a tener una enorme visibilidad internacional tras la victoria frente a Inglaterra y la bandera desplegada por nuestros héroes de la Selección con la leyenda 'Las Malvinas son argentinas'. Además, hace pocas semanas, la OEA volvió a exhortar al Reino Unido y a la Argentina a reanudar las negociaciones para encontrar una solución pacífica a la disputa de soberanía. La fortaleza de un reclamo internacional depende también de la fortaleza del país que lo sostiene", agregó el vocero.

El tuit tiene errores políticos casi en cada una de sus líneas, pero solo señalaremos los más evidentes. Tratar de país bananero al nuestro es peyorativo en cualquier contexto, pero sobre todo si casi todas las iniciativas del Gobierno tienden a generar situaciones similares a las que hicieron que se difundiera el término. La expresión "república bananera" proviene de Honduras. Fue acuñada por el escritor estadounidense O. Henry en su cuento de 1904, El almirante, para describir a los países centroamericanos controlados casi en su totalidad por empresas fruteras extranjeras —principalmente la United Fruit Company— que manejaban también los trenes, los puertos y las leyes de economías completamente primarias. Un gobierno que desindustrializa y regala desarrollos tecnológicos al sector privado extranjero parece el menos indicado para hablar de "país bananero", aunque sea para no avivar giles.

Pero, además, la sobreactuación del esfuerzo diplomático se da de bruces con la realidad. El Gobierno solo emitió un tibio reclamo cuando se conocieron avances muy concretos en la explotación petrolera Sea Lion, en el norte de las Malvinas, y tardó más de diez días en emitir un comunicado sobre la incursión de un buque de guerra sin permiso, el HMS Medway, en aguas argentinas. El presidente retuiteó con comentario una publicación de La Derecha Diario que decía: "Excelente noticia: el jefe del Partido Republicano de Estados Unidos en Israel, Marc Zell, reveló que le pidió personalmente a Donald Trump que reconsidere la política estadounidense sobre las Islas Malvinas y respalde a la Argentina en su reclamo de soberanía. Zell sostuvo que Washington debería tener en cuenta el firme apoyo de la Argentina a Estados Unidos, especialmente frente a la negativa del Reino Unido a acompañarlo en el Estrecho de Ormuz, y planteó que la administración Trump ayude al país a recuperar las islas".

La noticia, de un valor diplomático nulo por la intrascendencia del personaje y del hecho en sí, fue destacada por Milei, que comentó: "Mientras algunos se dedican a hacer berrinches propios de un adolescente termo mononeuronal, nosotros por la vía diplomática cada día estamos más cerca de la recuperación de las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur y el espacio marítimo circundante".

Después, hubo que aclarar que no se refería a los jugadores sino a la vicepresidenta Victoria Villarruel, que hizo gran aprovechamiento político de todos los errores de la semana en materia de gestos soberanos. De nuevo, un pantano innecesario de un oficialismo que creía que el Mundial le daría aire. Obligado por la Constitución, el Gobierno también mete goles en su disputa con el Reino Unido. Pero son todos en contra.