Podría haber sido un sábado como cualquier otro, pero muchos intuían que lo imprevisible estaba a la vuelta de la esquina. En los barrios más humildes, en las casas de chapa, en las piezas de pensión, en las parroquias de pueblo y en los altares improvisados, miles de personas rezaban por la salud de Eva Perón.
El sábado 26 de julio de 1952, a las 20.23, luego de dos años y seis meses de haber sido diagnosticada de un cáncer de cuello de útero que no quiso tratar, Eva Duarte de Perón murió en una habitación del primer piso del Palacio Unzué, la residencia presidencial ubicada en el predio donde hoy se levanta la Biblioteca Nacional.
Durante los meses que duró su enfermedad, el Palacio había recibido una incesante peregrinación de trabajadores, mujeres, niños y ancianos que llegaban hasta sus inmediaciones para dejar una carta, una flor o simplemente rezar. Tras su fallecimiento, aquel movimiento silencioso transformó el lugar en santuario.
Miles de comercios bajaron sus persianas y en los barrios populares la tristeza ocupó cada rincón. Los murmullos de las cadenas de oración cesaron, dando paso al llanto, y las fábricas interrumpieron sus tareas.
Es que había muerto “Evita”, la mujer que había construido hospitales, hogares, escuelas y colonias de vacaciones; la mujer que había puesto en el centro de la vida política a los invisibilizados, y que se había abrazado a los trabajadores, convirtiéndolos en el centro del modelo económico.
Pero era un amor inmenso que tenía contracara porque, mientras millones sufrían su agonía, otros celebraban la proximidad de su muerte.
Desde hacía años, Eva concentraba el odio de los sectores más conservadores de la sociedad argentina. Nunca le perdonaron su origen humilde, su estilo desafiante, su influencia política ni haber aspirado a ocupar la vicepresidencia de la Nación. Para buena parte de la oligarquía, aquella actriz de segunda categoría, nacida en Los Toldos jamás debía haber atravesado las puertas del poder. Ni siquiera la enfermedad consiguió despertar compasión. En las paredes de Buenos Aires comenzaron a aparecer pintadas con una de las frases más brutales de la historia política argentina: ”¡Viva el cáncer!”. Pocas consignas alcanzan para describir con tanta precisión la profundidad del odio político.
Sin embargo, el amor del pueblo transitaba por distinto carril. Se calcula que cerca de tres millones de personas desfilaron frente a su ataúd durante los dieciséis días que duró el velatorio.
Los primeros catorce transcurrieron en una Capilla Ardiente instalada en el primer piso del Ministerio de Trabajo y Previsión, el mismo lugar donde Eva había recibido durante años a miles de argentinos que buscaban una solución para sus problemas. Por decisión oficial, el reloj del edificio quedó detenido a las 20.25, la hora oficial de su muerte.
Los dos días siguientes, el cuerpo fue trasladado al Congreso Nacional. La orden del gobierno era que el velatorio no estaría terminado hasta que la última persona de la fila hubiera podido despedirse. Eran larguísimas filas de seis personas de ancho que se extendían por varias cuadras. Muchos confesaron haber esperado más de diez horas bajo la lluvia y el frío, que el Ejército trataba de atenuar repartiendo comida caliente. Ambulancias, médicos y voluntarios de la Cruz Roja fueron los encargados de asistir de manera permanente a la población frente a un invierno que parecía aliado a la tristeza. Fueron días de humedad, lluvia y bajas temperaturas, como si hasta el clima acompañara el dolor colectivo.
El 11 de agosto, el cuerpo fue trasladado al edificio de la CGT, donde permanecería hasta la finalización del Monumento al Descamisado, el gigantesco mausoleo que comenzaba a construirse en Recoleta.
La marcha convocó a cerca de dos millones de personas. Durante tres horas, una inmensa columna integrada por autoridades nacionales, dirigentes sindicales y miembros de las Fuerzas Armadas acompañó el cortejo mientras sonaba la Marcha Fúnebre de Chopin y una cascada de flores blancas caía desde los balcones porteños. Fueron días en que se agotó la producción nacional de flores por lo que fue necesario importarlas desde distintos países latinoamericanos.
Después de aquellos días de amor, algunos desplegarían un profundo odio.
Tras el derrocamiento del gobierno constitucional de Juan Domingo Perón, el 16 de septiembre de 1955, la autodenominada Revolución Libertadora se adueñó de los sentimientos, las manifestaciones, los recuerdos, los llantos, los monumentos y lugares de memoria hasta llevarlos a su progresiva desaparición. Una damnatio memoriae bien argenta. De los sitios mencionados en este relato, poco y nada fue respetado.
Aunque parezca mentira, la primera en desaparecer fue Eva.
El 22 de noviembre de 1955, su cadáver fue secuestrado de la CGT por orden del nuevo gobierno militar. La misión quedó en manos del teniente coronel Carlos Moori Koenig, jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército, quien inició uno de los episodios más macabros de la historia argentina. Durante meses, el cuerpo fue ocultado en distintos lugares de Buenos Aires insólitos, como camionetas de florerías, depósitos, detrás de la pantalla del cine Rialto de la avenida Córdoba 4283 y hasta en el altillo de la casa del mayor Arandía, quien, obsesionado por la posibilidad de un ataque peronista, terminó asesinando por error a su esposa embarazada al confundirla con un intruso.
Más tarde, Moori Koenig trasladó el cadáver a su despacho de la SIE de Callao y Viamonte, donde lo exhibía como un trofeo ante algunos visitantes y, según numerosos testimonios, cometió actos de profanación, abuso y violencia sobre el cuerpo.
Aun muerta, seguía siendo una obsesión, la más odiada de los enemigos políticos. En 1957 y con la colaboración de sectores de la Iglesia Católica, se organizó la Operación Traslado, un operativo que sacó clandestinamente de la Argentina para enterrarlo bajo el nombre falso de María Maggi de Magistris en el Cementerio Mayor de Milán, donde permaneció durante catorce años.
En septiembre de 1971, el gobierno de Lanusse ordenó exhumarlo y entregarlo a Perón en su residencia de Puerta de Hierro, en Madrid. El cadáver presentaba mutilaciones y evidentes marcas de violencia.
El regreso definitivo a la Argentina se produjo el 17 de noviembre de 1974, durante la presidencia de María Estela Martínez de Perón. Dos años más tarde, tras ser restaurado, fue depositado en la bóveda de la familia Duarte, en el Cementerio de la Recoleta, donde permanece hasta hoy protegido por una cripta especialmente reforzada para evitar una nueva profanación.
Una placa recuerda el paso de Eva Perón por el edificio de Posadas 1557.
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La Revolución Libertadora hizo todos los intentos, no solo para borrar al peronismo, a Perón y a Eva de la memoria colectiva, pero no pudieron. No pudieron porque, mientras batallaban para intentar su olvido, millones de personas siguieron pronunciando sus nombres en voz muy baja primero y en voz alta después.
Nadie puede negar que son escasas las figuras de la historia argentina capaces de despertar un amor tan intenso y un odio igual de persistente.
Quizá sea por eso que 74 años después de su muerte, Eva aún puede convertirse en el espejo donde mirarse para descubrir hasta dónde puede llegar el amor del pueblo y, al mismo tiempo, el odio de quienes intentan borrar todo aquello que pertenece a la memoria colectiva.