Cuando hablamos de proscripciones y nos remitimos a la historia de Argentina, recordamos que todo empezó en el pasado con el presidente Juan Domingo Perón y continúa hasta la actualidad con el intento de proscribir a la vicepresidenta Cristina Kirchner para el 2023.
Cuando decimos proscripción nos referimos a poner a una persona o a un conjunto de organizaciones como enemigos del pueblo.
En la Grecia antigua proscribir estaba muy asociado a la historia del destierro y significaba "no tener Patria". Después en la Roma antigua, la situación fue mutando y tuvo más que ver con "una cuestión civil y política" donde quienes aparecían en esas listas no tenía participación y muchas veces sin motivos.
Avanzando un par de siglos y volviendo a nuestro país, la proscripción comenzó en 1.930, con el golpe de Estado, como un mecanismo de censura y con el objetivo de no permitir una participación democrática. Esta veda para la vida política tuvo su punto máximo con "los 18 años de proscripción a Juan Domingo Perón y al peronismo".
La proscripción a Perón tuvo una dimensión judicial, otra política porque no se podía presentar a las elecciones y además, había otra prohibición que era cultural. "La propia dictadura hablaba de "desperonizar" a la sociedad y que la mismo no siguiera siendo peronista y por lo que se prohibió hasta la palabra Perón.
El mayor temor no era que Perón no pudiera participar de las elecciones y que permaneciera en el exilio, sino que se buscó que la sociedad pierda ese legado y destruir las conquistas sociales: que el líder no esté en la conversación pública y en la vida cotidiana.
Hoy se busca "desperonizar" o "deskirchnerizar", es decir ir anulando identidades políticas que representan a vastos sectores de la población. La proscripción tiene un elemento jurídico, sin dudas, pero también busca tener un componente cultural, imponerle a la sociedad que deje de referenciarse con determinados líderes, con determinadas identidades políticas.