Una calurosa noche de julio de 1990, en el estadio olímpico de Roma, Lothar Matthaus alzó al cielo la silueta dorada de la Copa del Mundo, ante la mirada entre devastada y furiosa de Diego Armando Maradona. En ese mismo momento, en las calles de Berlín casi un millón de alemanes celebraba algo bastante más grande que la coronación de su selección en el deporte más popular del planeta: algo así como una nueva fundación de su patria.
A 35 años de la reunificación de Alemania: cómo el sueño de los 90 despertó con el auge de la ultraderecha
La caída del muro de Berlín marcó el inicio de un proceso que convirtió a Alemania en la locomotora de Europa y referencia del mundo durante varias décadas. Estancada económicamente, rezagada por las potencias emergentes, el nuevo aniversario de la reunificación encuentra al país teutón en conflicto consigo misma y con la ultraderecha emergiendo como portavoz del descontento.
El Mundial fue la frutilla del postre, un regalito de la Historia, para un proceso que había comenzado unos meses antes con la caída del Muro de Berlín y culminó oficialmente unos meses después, el 3 de octubre de 1990, cuando la República Democrática Alemana firmó oficialmente su disolución dentro de la República Federal alemana, dejando atrás la frontera física y política que las había separado desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
La caída del Muro, en noviembre de 1989, había sido la imagen más potente de ese cambio, un momento en el que el mundo entero creyó estar viendo, en directo, el fin de la Guerra Fría. La euforia de aquellos días fue desbordante y quedó grabada a fuego en la memoria colectiva: imágenes de familias abrazándose en los pasos fronterizos, martillos golpeando el hormigón del muro, música pop, champagne en la Puerta de Brandeburgo...
La reunificación de los años 90 lanzó a Alemania a un período de crecimiento fenomenal en el que se convirtió en la “locomotora” de Europa y se presentó como un modelo para la transición pacífica para los territorios eclosionados por el fin de la Unión Soviética.
Los tiempos dorados del “milagro alemán” se extendieron durante al menos un par de décadas, pero el aniversario de los 35 años de aquel día histórico encuentra al país atravesado por fuertes dudas sobre sí mismo y su lugar en el mundo actual: el crecimiento se ha desacelerado, la industria —su motor histórico— sufre por la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania y por la competencia asiática, y la inflación ha erosionado el poder adquisitivo de la población. Por su parte, en el Este del país, la frustración por una convergencia económica incompleta nunca terminó de disiparse.
El acecho del fantasma de la ultraderecha
Al igual que en otros lugares del mundo, ese malestar fue terreno fértil para el ascenso de fuerzas políticas de ultraderecha, en particular Alternativa para Alemania (AfD), que ha logrado resultados históricos en varios estados del este y ha comenzado a penetrar también en zonas del oeste. Lo que en los años noventa parecía un fenómeno marginal se ha convertido en una fuerza que condiciona la agenda nacional. La AfD capitaliza el descontento hacia la inmigración, las políticas ecologistas, feministas y y lo que sus votantes perciben como una élite desconectada de sus problemas reales.
Aun así, la historia de la reunificación sigue siendo, para muchos, una historia de éxito. Alemania pasó de ser un país partido en dos, con sistemas políticos, economías y culturas divergentes, a convertirse en el motor de la Unión Europea. La integración no estuvo exenta de costos: el llamado “impuesto de solidaridad” que los alemanes del oeste pagaron durante años para financiar la reconstrucción del este; el cierre de industrias obsoletas (sobre todo en las antiguas regiones comunistas); la emigración masiva de jóvenes hacia las ciudades occidentales; y el difícil proceso de reconciliar memorias colectivas opuestas.
En 2025, los alemanes siguen hablando de “Ossis” y “Wessis” (gente del este y del oeste), términos que se usan en infinidad chistes que presentan a los de la vieja RDA como más "brutos" y poco civilizados. La desconfianza y las diferencias culturales persisten, y se expresan en ámbitos que van desde la política hasta las preferencias televisivas, pero, para las generaciones nacidas después de 1990, esas distinciones son más un eco de un pasado en tono sepia que una realidad vivida en carne propia.
Sin embargo, las tensiones políticas actuales han reactivado ciertas narrativas regionales: en algunos sectores del este, la idea de haber sido “ciudadanos de segunda” tras la reunificación sigue viva y encuentra eco en los discursos de la ultraderecha.
La conmemoración de los 35 años llega en un contexto internacional turbulento. La guerra en Ucrania ha reconfigurado la política exterior alemana, rompiendo con décadas de cautela militar. La dependencia energética del gas ruso, que durante años fue defendida como pragmatismo económico, se convirtió en un talón de Aquiles. La transición hacia energías renovables avanza, pero con tensiones internas y un coste alto para la industria.
La memoria de la reunificación, territorio en disputa
En este escenario, la memoria de la reunificación se ha convertido en un campo minado. En 1990, la apertura y la unidad eran ideas movilizadoras; hoy, las palabras clave son inmigración y descontento con el emblemático Estado de Bienestar alemán. La Alemania de 2025 sigue siendo una de las economías más sólidas del planeta, pero enfrenta tensiones sociales que nadie hubiera imaginado diez o quince años atrás.
Para las celebraciones de este importante aniversario, las autoridades han organizado conciertos, exposiciones y actos oficiales presididos por eslóganes que intentan que la población recuerde el valor de la unidad en tiempos de división. En Leipzig, una ciudad símbolo de las manifestaciones pacíficas que derribaron la RDA, se repiten marchas con velas contra lo que muchos definen como neonazismo, pero también hay protestas de quienes creen que la promesa de la reunificación no se ha cumplido para todos por igual.
Quizá el contraste más llamativo sea este: mientras en 1989 millones de personas salieron a la calle para exigir libertad y democracia, hoy las manifestaciones más concurridas en algunas regiones son las que cuestionan las políticas de la propia democracia liberal. Esa paradoja es parte de la complejidad de la Alemania actual, una nación que sigue buscando un equilibrio entre su pasado como ejemplo de reunificación pacífica y su presente como sociedad en disputa.
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