“El mejor Messi siempre es el último”. La mágica frase de Pablo Aimar ha cobrado más vida que nunca en este Mundial.
“El mejor Messi siempre es el último”. La mágica frase de Pablo Aimar ha cobrado más vida que nunca en este Mundial.
En la previa, con 35 años y 1000 partidos en el lomo, podía parecer una sentencia arriesgada. Sobre todo porque Leo ha sido tan humillantemente bueno en esta década y media que era difícil pensar en algo así. Ni hablar algo mejor. Messi logró algo insólito: convirtió lo extraordinario en rutinario. Y cuando algo es ordinario deja de ser extraordinario. O las dos cosas. Usted me entiende…
Pero, en su caso, siempre se puede ser más grande. Y en esta copa del mundo, a una edad que todos se vienen en picada, como podemos ver a Ronaldo siendo suplente en su selección, elevó la vara de lo que es increíble, subió el parámetro de la grandeza. Reinventa el juego y se reinventa a sí mismo. Ya no pasa rivales como postes, con aquellos slaloms indefendibles, aunque los defensores supieran que vendrían… O, al menos, ya no tanto… Lo hace más esporádicamente, eligiendo los momentos, en especial en los segundos tiempos, como ante Australia, cuando el rival se queda sin piernas o lo agarra más abierto.
Porque lo que hace mágico hoy al 10 es cómo lee el juego y la forma en que se pone al servicio del equipo, de sus compañeros. Porque si tiene que jugar y desequilibrar, lo hace. Y si no, hace jugar al resto. Como armador, como hacedor de juego. Como en el base en el básquet, vio. ¿Le suena Magic Johnson? Bueno, este viernes Leo fue Magic en el gol de Molina. Un pase sin mirar, que sólo él vio. Lo notamos en la cámara de un dron. No había pase, él lo inventó. Como el crack de los Lakers inventaba en aquel mítico Showtime de los años 80, aquel que se oponía a los Celtics de Larry Bird y en aquellos duelos míticos entretuvieron y terminaron salvando a una NBA en crisis. Messi es igual: es showtime. Una y otra vez. La tiene, nunca se la quitan, los defensores hasta se van para atrás para no quedar en ridículo y luego comienza el tac, tac, tac. Dale, mamacita, con su tacatá.
Ante Países Bajos, Messi entendió de entrada que, con Enzo tapado por Gapko, como orden de su “amigo” Van Gaal, Argentina había perdido su primer generador de primer pase. Entonces, él debía bajar, recibir y hacer jugar, sobre todo a los laterales. Así Argentina fue profundo. Y cuando a su magia, alguien, en este caso Molina, entendió que podía tirarse una diagonal sorpresiva, apareció ese no look pass para la definición romariana del ex lateral de Boca. A lo Magic. O a lo Pete Maravich si vamos más atrás. O a lo Jason Williams, si es más adelante. Algunos de los malabaristas de la naranja que ha tenido la NBA. Messi lo es, pero de la N° 5. Cada día más.
En el segundo tiempo, profundizó ese rol y Argentina encontró momentos de contra, cuando Países Bajos buscó con la pelota. Así llegó el penal y el 2-0, con dedicatoria incluida e Van Gaal, tan buen DT como bocón. “Ahora te escucho, Louis”, pareció decirle con el topo Gigio en pose romanista. Luego, por las dudas, se lo dijo en la cara, con dedito señalando a la cara del DT rival.
Así volvió a destacar su liderazgo cada día más maradoneano. Aquel que tal vez empezamos a ver hace tres años, cuando se enfrentó cara a cara con Gary Medel. Es otro Messi. Más vocal, más desatado, más contestario, más humano, con las cosas buenas y malas que trae un perfil más alto.
"No me gusta que se hable antes de los partidos. Eso no es parte del fútbol. Yo siempre respeto a todo el mundo, pero me gusta que me respeten a mí también. Van Gaal no fue respetuoso con nosotros”, aclaró cuando le preguntaron para rematar con un frase lapidaria. “Además es un vende humo diciendo que juega bien y sólo juega a los pelotazos”, cerró a quien tampoco le gustó que hablara mal de Di María, su amigo. No lo perdonó, como no perdonó al árbitro, el español Lahoz, de muy pobre actuación en las decisiones y en el comando de un partido que se le fue de las manos, justamente, por “querer sacarlos”, un mal muy moderno de los nuevos jueces.
“No quiero hablar del árbitro porque luego te sancionan. No podés decir lo que pensás... Pero la FIFA tiene que rever esto. No puede ponerlo en una instancia así [al árbitro]. No puede ser que el árbitro no esté a la altura. Adicionó 10 minutos, las faltas que cobraba, parecía que quería que nos empataran”, dijo, incluyendo a FIFA y al árbitro en la misma declaración y recordando a afirmaciones de Diego, siempre contestario del órgano que rige al fútbol a nivel mundial.
Como si fuera poco, antes de responder la primera pregunta, sabiendo que estaba al aire, ajustició a Weghorst, el delantero que hizo los dos goles y lo estaba mirando de forma desafiante, en principio invitándolo a acercarse. “Nos cargó desde que entró a la cancha”, se defendió Leo.
Pero, claro, esa actitud picante del capitán se opuso a cómo jugó, siempre bajo control emocional. E incluso cómo pateó los penales, con una tranquilidad -la calidad ya es conocida- impactante, sobre todo el de la tanda, en el que esperó que el arquero se cayera hacia un lado para tocar con suavidad hacia el otro, despertando la admiración de compañeros… Justo a Noppert, que había dicho que Messi “era humano y que podía atajarle un penal”, como el arquero polaco.
Este es Messi, el nuevo líder y el nuevo jugador. Reinventado, pero siempre tan determinante como antes. En su quinto Mundial. Nada más y nada menos. 18 años después de su debut profesional. Y luego de 1000 partidos. Qué locura, tenía razón Aimar nomás…