La Tacita, una historia para leer con el corazón abierto

¿Cuántas veces nos preguntamos por qué nos toca pasar por determinadas situaciones provocadoras? Muchas veces el sentido de lo que vivimos se comprende recién al final del camino.

Amigos queridos, ¿cuántas veces nos preguntamos por qué nos toca pasar por determinadas situaciones provocadoras?

A veces, lo que hoy parece un problema, una pérdida o una prueba, es en realidad parte de un proceso que nos está transformando en personas más fuertes, más sabias y más maduras.

Esta historia que les comparto a continuación me llegó en un momento muy especial de mi vida. Muchas veces el sentido de lo que vivimos se comprende recién al final del camino. Esta es una historia para leer con el corazón abierto:

La Tacita

Cierta vez, un matrimonio recorría las calles de la ciudad en busca de un regalo para una de sus hijas, ya que se acercaba su cumpleaños.

La familia recientemente había tenido la pérdida de un familiar muy querido.

La señora solía levantarse cada mañana preguntándose el porqué de esa partida.

Caminaron mucho hasta que vieron en una de las tantas tiendas una hermosa tacita en la vidriera que les llamó la atención.

“¿Me permite ver esa taza?”, preguntó la señora, “¡Nunca he visto un artículo tan lindo como ese!”.

En cuanto la tuvo en sus manos, escuchó una voz suave y dulce en su interior que le decía: “Seguro que usted no sabe lo que le voy a contar; yo no fui siempre esta taza que está sosteniendo. Hace mucho tiempo era solo un montón de barro amorfo; mi creador me tomó entre sus manos y fue amoldándome cariñosamente. Llegó un momento en que me desesperé y le dije: “¡Por favor! ¡Ya déjame en paz!”, pero él solo me sonrió diciendo: “Aguantá un poco más, todavía no es el tiempo”.

Luego me puso en un horno. ¡Nunca había sentido tanto calor! En ese momento me pregunté por qué mi creador querría quemarme; entonces toqué y miré la puerta del horno. A través de la ventanita del mismo pude leer sus labios que me decían: “Aguanta un poco más, todavía no es el tiempo”. Finalmente, se abrió la puerta. Me tomó y me llevó hasta una repisa para que me enfriara. “¡Eso está mucho mejor!”, me dije a mí misma. Pero apenas me había refrescado cuando mi creador ya me estaba cepillando y pintando. ¡El olor de la pintura era horrible!

Me decía: “Aguantá un poco más, todavía no es el tiempo”.

Finalmente, dejó de pintarme; pero esta vez me tomó y me metió en otro horno. Este, era distinto al anterior, ¡mucho más caliente! Ahora sí estaba segura de que me sofocaría. Le rogué y le imploré que me sacara. Grité y lloré, pero él solo me miró diciendo: “Aguanta un poco más, todavía no es el tiempo”.

En ese momento había perdido las esperanzas. ¡Nunca lograría sobrevivir a ese calvario!

Justo cuando estaba a punto de darme por vencida, se abrió la puerta y mi creador me tomó cariñosamente, colocándome en una repisa que era aún más alta que la primera. Allí me dejó por un momento para que me refrescara.

Al cabo de una hora de haber salido del segundo horno, me dio un espejo y me dijo, “Mírate, esta eres tú”.

¡Yo no podía creerlo! ¡Esa no podía ser yo! ¡Lo que veía era hermoso!

Mi creador nuevamente me dijo: “Yo sé que te dolió haber sido transformada por mis manos, pero si te hubiese dejado como estabas, te hubieras secado. Sé que sufriste mucho calor y dolor cuando estabas en el primer horno, pero de no haberte puesto allí, seguramente te hubieras estrellado. También sé que los gases de la pintura te provocaron muchas molestias, pero si no te hubiese pintado, tu vida no tendría color. Si no te hubiera puesto en ese segundo horno, no hubieses sobrevivido mucho tiempo, porque tu dureza no habría sido suficiente para que subsistieras. ¡Ahora eres un producto terminado! ¡Eres lo que yo tenía en mente cuando te comencé a formar!”.

La señora miró a su marido y le dijo con profunda emoción que había encontrado el regalo perfecto y, además, la respuesta a su pregunta de cada mañana.

Lo mismo ocurre con nosotros. La vida a veces es muy difícil, pero las experiencias nos amoldan y nos dan forma para que lleguemos a ser una pieza perfecta, y podamos así ser una mejor versión de nosotros mismos.

Si confiamos y sabemos esperar, vamos a descubrir el porqué de lo que nos pasa y, sobre todo, el para qué.

Amigos queridos, gracias por existir.

Claudio