47 años del golpe, 40 de democracia: los monstruos que amenazan con volver

Recrudecen sin vergüenza los discursos de odio y los negacionistas. Pero ya ha quedado demostrado que la única manera de pensar un futuro venturoso es saldar nuestro pasado de la mejor manera.

A pesar de que lo que se conmemora hoy es el 47° aniversario del comienzo de la dictadura genocida cívico-militar, los 40 años de Democracia que se cumplirán en diciembre resignifican el recuerdo.

En efecto, muchos de los logros cívicos de nuestro país están apalancados en la lucha de los organismos por Memoria, Verdad y Justicia, pero entre las deudas pendientes de la Justicia argentina y el ansia negacionista de buena parte de la derecha argentina, la situación dista mucho de ser la ideal.

En relación con lo primero, la muerte impune de Carlos Pedro Blaquier, dueño del Ingenio Ledesma y cómplice civil de la represión en el noroeste de nuestro país, demuestran que las dilaciones del Poder Judicial consagran -por acción u omisión- la tan denunciada impunidad por motivos biológicos.

Los represores, sus socios y sus ideólogos llegan a cuentagotas al banquillo de los acusados o directamente mueren sin condena. En pocos días llegará a la Corte Suprema de la Nación la causa por la desaparición de operarios de la automotriz Mercedes Benz. En las apelaciones a la Corte, las querellas aseguran que los camaristas no escucharon a las víctimas.

Paralelamente, los esfuerzos discursivos de gran parte de la derecha continúan centrados en desacreditar la lucha de los organismos de DDHH o -simplemente- hacer negacionismo. Otra vez, el ex presidente Mauricio Macri volvió a insistir con uno de sus comentarios más hirientes para la memoria de nuestro país. En Rosario refritó su acusación acerca del “curro de los derechos humanos”. La lógica réplica del ministro del Interior Wado de Pedro no alcanza para menguar una noción que lastima: que, en nuestro país, las políticas de reparación de las víctimas del Terrorismo de Estado y el Castigo a los genocidas continúan haciéndose a contramano del poder real. Eso expresan las posiciones del expresidente y los intentos negacionistas de dirigentes pro establishment como Ricardo López Murphy o Javier Milei.

Pero como decíamos al comienzo de este comentario, este tipo de situaciones deberían alertarnos no sólo por la preocupación que nos genera la falta de respeto a las víctimas del genocidio y a sus deudos sino también porque eso configura nuestro presente y nuestro futuro.

Veamos un par de ejemplos. El intento de asesinato a la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner fue claramente señalado como un producto en el mundo real del incremento de la violencia simbólica en los discursos políticos. Para muchos implicaba un parteaguas que debería haber funcionado como límite. Pero no. Desde ese momento los discursos de la derecha no sólo no han aminorado su agresividad sino que la han intensificado. Día tras día los integrantes de la alianza conservadora Juntos por el Cambio y los autopercibidos libertarios utilizan metáforas de guerra o directamente insultos para describir a sus adversarios. Los ejemplos sobran. El propio ex gobernador de Mendoza, Alfredo Cornejo, llamó a “exterminar al kirchnerismo” y los ecos de comunicadores deseando “un país sin kirchneristas” siguen horadando la conciencia de todos los que propugnamos por un país con respeto a las libertades individuales.

Quizás las claves estén dadas en el discurso de Cristina Kirchner esta semana en el marco del lll Foro Mundial de DDHH: “La persecución judicial abunda contra sectores, líderes y funcionarias o exfuncionarios de gobiernos y sectores que promueven la intervención del Estado en la economía, el reclamo soberano y autónomo sobre los recursos, para lograr una mayor y mejor distribución en contextos de enorme desigualdad social y económica”.

Si tomamos esta definición como válida echamos luz sobre los verdaderos intereses que esconde el intento de horadar la lucha de los organismos. Cuando en 2003, Néstor Kirchner buscó la reconstrucción de la moral de nuestra sociedad como base para un crecimiento virtuoso, se apoyó en las Madres y las Abuelas. Atacarlas a ellas es mucho más que ensuciar la memoria más virtuosa de nuestro país. Es también generar las condiciones para que todo sea posible: la persecución, el espionaje o el intento de anulación del “Enemigo” político. Y eso tiene como trasfondo el intento de consagrar un modelo de exclusión pensando para beneficiar a unos pocos.

Desde hace 40 años la Argentina se encuentra en esa puja. Y ya ha quedado demostrado que la única manera de pensar un futuro venturoso para las mayorías es saldar nuestro pasado de la mejor manera. Por la vía que nos enseñaron los organismos de Derechos Humanos. Con memoria, verdad y justicia.

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