Sacerdote-barrendero y desaparecido

Mauricio Silva vivía con otros dos curas-barrenderos en un conventillo, fue referente sindical en el ex corralón municipal de Floresta y terminó secuestrado en 1977 por la dictadura.

Me sorprendí mirando a un barrendero...un hombre pequeño y sucio limpiando una calle. Fue cosa de segundos. Allí estaba mi lugar". La cita textual viene de Kleber Silva Iribarnegaray, más conocido como Mauricio Silva. Un sacerdote uruguayo y formado en la congregación que fundó San Juan Bosco, conocidos como salesianos. Pero su conversión fue en Argentina, en los revolucionados años sesenta y setenta, que Silva abraza con el corazón la espiritualidad de los Hermanitos del Evangelio, quienes se inspiran en la vida de Jesús trabajador, hijo del carpintero que permaneció oculto en Nazareth, periferia del imperio, la mayor parte de su vida.

A los 48 años, en el ‘73, Mauricio se convierte en barrendero por vocación espiritual. Ingresa a la empresa municipal de higiene urbana, más precisamente en el Corralón de la avenida Gaona, en el barrio de Floresta, y vivía en un conventillo de la calle Malabia, casi avenida Córdoba, en el barrio porteño de Villa Crespo. Allí junto a su hermano Jesús, también sacerdote y barrendero, y otro cura, Veremundo Fernández, de nacionalidad española que se hizo igual que los hermanos barrenderos, vivían los tres en comunidad y celebran misa cada día.

Misa en los basurales

“Me llegó que Mauricio daba misas en basurales por mi profesor de religión y miembro de la congregación del Verbo Divino, Eugenio Langer. Era el invierno de 1971. Pese a que ya había pasado el Concilio Vaticano II, todavía había una gran inercia preconciliar, entonces era muy chocante una misa que no fuera en una iglesia, y más en un basural. Estábamos en una casilla dentro del basural de cuatro chapas, nomás, el dueño de la misma era de apellido Cruz. Uno de esas cosas no se olvida”, me contó varias veces Carlos Zavalla, un arquitecto ya jubilado que en su juventud se formó como laico en la Compañía de Jesús, los llamados jesuitas.

En Argentina es muy llamativo el nombre Kléber. No se usa. Fue el padre del cura-barrendero, un humilde ladrillero y agricultor, quien lo llamó así al nacer en homenaje a un mariscal de Napoleón, Jean Baptiste Kléber. Es un giro inesperado que este militar en su expedición a Egipto pasó a la historia como “el barrendero del Cairo” en su proceso de convertirse en egiptólogo.El motivo de la espiritualidad de Mauricio Silva viene por estudiar al francés contemplativo Charles de Foucauld. A él llegó por otro sacerdote, Virgilio Filippo, quien en la década del 40 fue diputado nacional en el primer gobierno de Juan Domingo Perón y pasó a la historia porque sus discursos en el Congreso Nacional fueron arrancados de los tomos de las versiones taquigráficas y quitaron toda placa con su nombre.

La lucha gremial y desaparición

Los barrenderos tenían un trabajo muy precarizado. Eran casi linyeras que barrían los desechos en los cordones de la Ciudad de Buenos Aires. Entonces los trabajadores se empezaron a organizar con el apoyo de los militantes de las unidades básicas peronistas de Floresta. Estaban en el foco de los militares de la época. Pero fue recién en 1977, que el brigadier Osvaldo Cacciatore, de facto intendente de Buenos Aires, quien avanzó con la privatización del servicio de higiene urbana. Los trabajadores municipales del barrido y la recolección se resistieron. A esa altura Mauricio Silva era referente de unos 400 barrenderos.

Entonces los militares primero secuestraron dos de sus compañeros de trabajo y amigos, el secretario general del llamado Corralón, Julio Goitia –desaparecido el 6 de mayo de 1977–, y el delegado gremial de los chóferes de camiones de la recolección, Néstor Sanmartino –desaparecido el 5 de mayo de 1977–. Un mes más tarde, mientras barría en el barrio Villa General Mitre, en la cuadra de Terrero y Magariño Cervantes, Mauricio Silva fue secuestrado y desaparecido a los 51 años. Su causa sigue en trámite en un juzgado federal porteño. En su honor fue declarado a nivel nacional el Día del Barrendero, el 14 de junio fecha de la desaparición de Mauricio Silva.

Misa en la Plaza Constitución

Fue un puñado de laicos junto a un cura villero, Lorenzo “Toto” Vedia, que se inspiraron en realizar una misa por el cura-barrendero y desaparecido. Desde hace 12 años que se realiza cada 14 de junio. Esto recuerda Alicia Vázquez, ex directora de culto del gobierno de la Ciudad, a quien conocí por haber editado el libro “Gritar el Evangelio con la vida”. Ella es una de los motores de la memoria de Mauricio Silva y promotora de la misa en la Plaza Constitución, a la que desde hace algunos años además de los laicos y sacerdotes que viven junto a los pobres se suman los trabajadores del sector organizados en el Sindicato de Camioneros. La actividad de higiene urbana es una de las 17 ramas de actividades del gremio que lidera Hugo Moyano.

Al aire libre, sin temor al frío, desde la Plaza Constitución, este miércoles 14, por la tarde, presidió la misa el obispo auxiliar de zona centro, José María Baliña. Él contó que el corazón en rojo que lleva en su ropa de religioso fue dibujado por San Carlos Foucauld. Luego pasó el micrófono para que todos escuchemos el testimonio de la religiosa Graciela Pimentel. “Conocí a Mauricio porque venía a darnos misa a las Hermanitas de Jesús en Pompeya. Yo le contaba a Mauricio mis problemas en la fábrica textil. Me acuerdo que le dije que si seguía la cosa mal con los trabajadores por la empresa iba a pegar el grito en el cielo. Él me respondió: ‘en el cielo no, en la tierra’. Así era Mauricio”.

Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz por su lucha en defensa de los derechos humanos, conocía al cura-barrendero y mandó un saludo para la misa. Al no poder concurrir por problemas de salud explicó, por correo electrónico, que “se sumó a la oración y reconocimiento a nuestro hermano Silva, barrendero entre los desposeídos y con la riqueza espiritual”. Es conocida la anécdota de Pérez Esquivel con el cura desaparecido: "Te tenés que ir del país" le pidió a Silva cuando por casualidad se cruzaron en un aeropuerto. El religioso barrendero sabía de los peligros que corría, pero no escapaba a su martirio.

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