En los estantes de las librerías especializadas de la Republica de Weimar, Alemania, hacia 1920, había un libro que seria una semilla, una simiente de la violencia futura: Permiso para la destrucción de la vida humana, del jurista Karl Binding y el psiquiatra Alfred Hoche. En sus paginas, los autores alentaban a los médicos y enfermeros a terminar con aquellas “vidas que no merecían ser vividas”: las personas con discapacidad, enfermos mentales o incurables.
Aunque en su tiempo la propuesta solo sedujo a un publico marginal, la idea quedo sembrada.
En 1933, con Hitler convertido en Canciller, la cuestión retomo su fuerza. El Führer, en Mi Lucha, su libro de 1923 ya había propuesto la esterilización de quienes padecían discapacidades argumentando que de ese modo, el estado podía ahorrar recursos y propender a la higiene racial
La teoría surgida en parte desde el darwinismo social del SXIX, se transformo en discusión publica. Infinidad de conferencias se realizaban para debatir sobre la conveniencia de su aplicación y se impulso la indignación publica revelando los gastos de manutención que ocasionaba el colectivo de discapacitados. Entre 1935 y 1937 se produjeron 5 películas mudas que mostraban la vida en instituciones psiquiátricas diseñadas solo con el fin de horrorizar y convencer al pueblo alemán de que el exterminio de los inútiles no solo era un acto de compasión sino también de eficiencia.
En 1939, y tras el asesinato secreto de cerca de 5000 niños, Hitler firmo la autorización de aplicación retroactiva que protegía legalmente a médicos y enfermeros que ejecutaran eutanasias forzadas. De este modo le otorgaba al exterminio el marco legal que solo permitía su venia.
Ese mismo año, el Ministerio del Interior en un decreto firmado en agosto de 1939 ordeno al personal de salud reportar los nacimientos de niños con discapacidades físicas o mentales graves, alentando a sus padres a ingresarlos en instituciones designadas por el estado, que luego se descubriría que no eran mas que antesalas del exterminio.
Los niños seleccionados tras una serie de estudios eran trasladados en ómnibus o trenes hacia seis centros de gaseo ubicados en Alemania o Austria. Al poco de llegar, eran asesinados. Luego sus cuerpos incinerados eran remitidos en pequeñas urnas a sus familias acompañados por certificados de defunción que relataban causas de muerte absolutamente falsas.
Aunque la presión publica- con las Iglesias católica y protestante a la cabeza- llevo a Hitler a suspender oficialmente el programa denominado Aktion T4 en 1941, la matanza continuo en secreto hasta el final de la guerra. El Registro de Hartheim documenta al menos 250.000 víctimas.
Señala Ian Kershaw en su libro Hitler, La biografía definitiva, que la política publica de acción eutanásica solo pudo llevarse adelante gracias a la progresiva erosión de la legalidad y desintegración de las estructuras formales de gobierno que se produjeron desde 1933. Desde entonces la única fuente de derecho fue la voluntad del Fuhrer y junto a el cualquier objetivo ideológico se convirtió en política factible. Sin Hitler nada similar hubiese sido posible.
La Historia guarda infinitos testimonios de generaciones pasadas que han atravesado dolorosas experiencias rodeadas de crueldad y donde en muchos casos fue la indiferencia en compañía del odio las que traccionaron el camino hacia ejecuciones y genocidios por cuestiones étnicas, sexuales, religiosas o políticas.
Nos toca por ello ejercer como guardianes del presente impidiendo el despliegue de medidas que puedan insinuar o esbozar una mínima repetición de aquel pasado. Para ello es necesario no medir las injusticias desde el cómodo sillón de nuestro living sino por el contrario, comenzar por el bello ejercicio de la empatía, que no es mas que la capacidad que tienen los seres humanos de identificarse con los otros y compartir sus sentimientos. Permanecer indiferente ante las injusticias, nos hace cómplices.
En la Argentina de hoy, hay 1.200.000 personas con discapacidad esperando respuestas de un mandatario que prefiere permanecer indolente a todos sus reclamos e incluso a la decisión del Congreso Nacional que al rechazar el veto presidencial a la Ley de Emergencia en Discapacidad ha establecido su plena vigencia, obligando a su aplicación y cumplimiento. El gobierno prefiere el camino de la inconstitucionalidad y el desinterés. Hace pocos días el reclamo de familiares ha llegado a la oficina del Juez Casanello quien debe firmar el dictamen de la denuncia por incumplimiento presentada por el Diputado Esteban Paulon contra el Jefe de Gabinete Guillermo Francos.
Desde diciembre de 2023, el colectivo de discapacitados ha padecido dificultades que van desde la falta de aumento a los prestadores y el desfinanciamiento de programas nacionales hasta la revisión de pensiones oportunamente otorgadas bajo la acusación de que muchas de ellas fueron concedidas de forma fraudulenta montando así, un burocrático engranaje compuesto de convocatorias y auditorias que en muchísimos casos han dejado sin su ingreso mensual y sin la cobertura del Plan Incluir Salud a infinidad de personas.
Por el continuo comportamiento gubernamental, queda claro que en Argentina “No hay plata” para los sectores mas débiles y vulnerables de la sociedad pero que si la hay para mantener el valor del dólar en función de las elecciones; para grandes viajes de funcionarios al exterior o costosisimos recitales presidenciales en el Movistar Arena. También quedo en claro esta ultima semana que el gobierno a optado dar la espalda a los reclamos populares pero no a las lujosas y suculentas cenas con empresarios nacionales e internacionales con los que se tallan negocios a espaldas del pueblo mientras al 80% de la población le cuesta llegar a fin de mes.
En fin…decíamos que la historia ya nos mostró adonde conduce la indiferencia y que no hace falta regímenes totalitarios para deshumanizar, sino que solo basta con mirar para otro lado cuando las injusticias comienzan a desplegarse.
Si como guardianes de la memoria, dejamos que el olvido o el calculo político pesen mas que la empatía, estaremos repitiendo -en silencio- el eco de aquel permiso para destruir vidas que no se consideran dignas de ser vividas.