La primera vuelta del 31 de mayo dejó un escenario de alta polarización sin grises. El candidato conservador Abelardo De la Espriella fue el gran ganador de la jornada con el 43,7% de los votos, y el dato más llamativo vino del exterior al obtener el 54,4% del voto en la diáspora, con un abrumador 73% en Estados Unidos, reflejo directo del rechazo al gobierno de Petro entre los colombianos emigrados. Medios conservadores atribuyen ese resultado a la afinidad que De la Espriella cultivó con el Partido Republicano.
Un nuevo felino en América: del león argentino al tigre colombiano
El abogado y empresario Abelardo de la Espriella se impuso con el 43,7% de los votos en la primera vuelta presidencial celebrada el pasado domingo 31 de mayo en Colombia. Con una campaña basada en el shock económico y la "mano dura" contra el narcotráfico, el candidato derechista capitalizó el fuerte desgaste del gobierno de Gustavo Petro y dirimirá la conducción del país en el balotaje el 21 de junio frente al oficialista Iván Cepeda.
Por el lado del oficialismo, Iván Cepeda (Pacto Histórico) se clasificó segundo con el 41,0%, asegurando el balotaje pero carga el peso del desgaste del gobierno de Gustavo Petro.
El gran perdedor fue el mapa político tradicional. Paloma Valencia, heredera política de Uribe y candidata del Centro Democrático, no llegó al 7%: De la Espriella absorbió todo el voto conservador sin necesitar el aparato partidario. La otra novedad, al igual que la región, es que el “centro” directamente desapareció: Sergio Fajardo y Claudia López quedaron borrados del mapa. El electorado colombiano buscó definiciones tajantes.
La verdadera matemática para que el petrismo gane
Iván Cepeda arranca con su núcleo duro de 9,6 millones de votos, pero De la Espriella no soloconsolida sus 10,3 millones sino que se estima que absorbe casi automáticamente el millón y medio de la derecha tradicional dado que Paloma Valencia ya oficializó su respaldo. El piso conservador se fija así en 12 millones, lo que obliga al oficialismo a conseguir al menos 2,3 millones de votos adicionales.
¿De dónde? El primer espacio es el centro de Fajardo y López con 1,2 millones de electores que, aunque refractarios al gobierno, podrían votar por el "mal menor" frente a lo que el oficialismo presentará como un peligro institucional. Sin embargo, este movimiento no alcanza.
El verdadero salvavidas es el ausentismo ya que 17 millones de colombianos no fueron a votar. La supervivencia del modelo petrista depende de una movilización titánica en sus bastiones históricos: la costa del Pacífico, el Caribe profundo y los barrios populares de las grandes urbes.
Al igual que en el resto de países latinoamericanos, los sistemas de representación se ven golpeados por la apatía de los electores. Cada vez es más común observar ausentismos en el continente y la principal constante es que el electorado viró a demandas más primarias: en lugar de pedir democracia piden seguridad, orden y estabilidad.
No hay que obviar que, al igual que en Centroamérica, Sudamérica tiene el apoyo explícito de sectores republicanos de EE.UU. Esto desemboca, entre otras cosas, en la aparición de demandas de outsiders contestatarios a la lógica política predominante. Los líderes suelen estar relacionados a sectores conservadores, fuertemente religiosos y altamente reaccionarios al poder.
De abogado polémico a "outsider" del sistema
El ascenso de De la Espriella se explica por una combinación eficaz del voto antisistema y de derecha dura prometiendo seguridad extrema —megacárceles al estilo Nayib Bukele, mano dura militar, erradicación forzada de coca— y un plan de shock económico al estilo Milei con recorte masivo del gasto público y reducción de ministerios.
¿Quién es Abelardo De la Espriella?
Se autodenomina outsider porque nunca ocupó un cargo público, pero conoce el poder colombiano a la perfección ya que es un abogado penalista mediático que defendió a clientes vinculados a la corrupción estatal, el paramilitarismo y los grandes escándalos financieros del país. Entre ellos, Alex Saab —señalado por la justicia estadounidense como principal testaferro de Nicolás Maduro y arquitecto de una red de lavado y corrupción— (al mismo tiempo, se posiciona su candidatura en las antípodas del chavismo, declarándose en contra del “neocomunismo” y el Estado venezolano) y David Murcia Guzmán, cerebro del esquema Ponzi más grande de la historia colombiana.
A este perfil se suma una faceta de empresario con una marca de ropa de lujo (De La Espriella Style), vinos, rones y dos discos como cantante de ópera. El candidato se muestra a favor de una “lógica ilustrada perdida”, que combina el dominio de las artes, la matemática, la retórica y el deporte. Avoca así, una vez más, el romanticismo de un pasado que, para estos nuevos outsiders, siempre fue mejor.
Su defensa ante las críticas es siempre la misma: "el derecho a la defensa es un principio constitucional" y no se debe confundir al abogado con el cliente. Lo sociológicamente revelador es que el electorado colombiano decidió perdonar —o ignorar— ese historial, priorizando la promesa de orden sobre cualquier otra consideración.
Las claves del triunfo
En el plano de la seguridad, su plataforma propone una arquitectura punitiva que busca la construcción de 10 megacárceles al estilo El Salvador. En su enfoque frente al narcotráfico, al cual considera la base de todas las violencias en el país, asegura que buscará exterminar 330.000 hectáreas de coca ilegales mediante la erradicación forzada, descartando de plano cualquier negociación. Para lograrlo, promete el retorno de la fumigación con glifosato por aire, desestimando las advertencias históricas sobre los riesgos ambientales y de salud para las familias campesinas.
En cuanto a lo económico, De la Espriella plantea una terapia de shock inspirada en el modelo de Javier Milei en Argentina. Promete traccionar un crecimiento del 7% anual a través de un recorte masivo del gasto público que alcanzaría los 70 billones de pesos. Este severo ajuste fiscal iría acompañado de una agresiva fusión y reducción de ministerios en el Estado. Como contrapeso social a esta motosierra económica, y con el objetivo de captar el voto de la clase media, su programa incluye el otorgamiento de créditos hipotecarios financiados a una tasa de apenas el 2% de interés a 30 años.
Un nuevo felino en América: del león al tigre colombiano
La campaña de De la Espriella es de manual para la “Nueva Derecha Global” ya que toma las estrategias que llevaron al poder a Milei y a Bukele, pero las adapta a la idiosincrasia colombiana.Sus militantes —mayoritariamente jóvenes y varones— recortan fragmentos de entrevistas donde él humilla a un rival o lanza frases políticamente incorrectas, les agregan música, filtros oscuros, y lo posicionan como un "macho alfa" en redes. Sus actos de campaña no son reuniones políticas sino conciertos con escenarios gigantes, humo y luces, donde él interpreta canciones populares o rancheras antes de dar su discurso. Entretenimiento masivo y furia punitivista, todo en uno.
La militancia digital opera como escuadrón al estilo de las fuerzas del cielo de Milei ya que, cuando un periodista o político critica a De la Espriella, cuentas afines inundan sus perfiles con el emoji del tigre, insultos y acusaciones de complicidad con el "neocomunismo" o las FARC.
Todo movimiento hiper-personalista necesita un tótem. Así como Milei construyó la figura del León para representar el despertar contra la casta, De la Espriella construyó la del tigre. Su campaña giró en torno a una canción argentina cuyo estribillo lo resumía todo: "Petro, decime qué se siente tener al tigre frente a vos. Te juro que aunque pasen los años, la gente no olvida tu error."
Conclusión
Al igual que ocurrió en Argentina en 2023, el balotaje del 21 de junio enfrentará dos visiones de Estado diametralmente opuestas. La asimetría de partida es estructural, ya que el heredero del oficialismo carga con los aciertos y desaciertos de cuatro años de gestión, mientras que el outsider llega sin deudas, sin expediente y con la retórica del cambio como único capital necesario.
En la política contemporánea, la ausencia de trayectoria pública se ha convertido en un activo electoral por sí mismo. El electorado, saturado de promesas incumplidas, proyecta sus expectativas sobre quien no carga con el peso del pasado, independientemente de qué otros roles haya ocupado fuera de la política formal. Este es un fenómeno documentado en El Salvador, Argentina y ahora Colombia: variantes ideológicas distintas, misma arquitectura emocional.
El voto castigo no distingue color político: castiga al que estuvo, y todo indica que Colombia no será la excepción. En la segunda vuelta, el mundo sabrá si la fórmula outsider triunfa otra vez.
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