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Por qué estalló la Revolución Francesa: de la miseria del pueblo a los lujos y fake news de María Antonieta

En 1789, un pueblo cansado de los lujos de la corte de Versalles y asfixiado por la crisis económica decidió cambiar la historia. Un repaso por las lecciones de un estallido social que nos recuerda que no existen poderes eternos frente a una sociedad que exige sus derechos.

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  • Cuando el pueblo empezó a cantar dijo “En marcha, hijos de la patria, los días de gloria han llegado…” y de una canción, escribió un Himno que perdura en el tiempo. Las calles de París ya no eran las mismas. Habían pasado días, semanas y meses desde que la Revolución había puesto patas para arriba el Antiguo Régimen. La monarquía absoluta empezaba a convertirse en un recuerdo y, por primera vez, un pueblo entero descubría que también podía ser protagonista de su historia. Los cantos, las marchas y las consignas fueron tan importantes como los debates políticos. Había que educar, contarles y hacer participe, a una sociedad en la que cerca del 50 % de los hombres y el 70% de las mujeres eran analfabetos. Si la mayoría no podía leer, entonces las ideas debían viajar de otra manera. Los historiadores sostienen que entre 1789 y 1800 aparecieron cerca de doscientos himnos y más de dos mil canciones populares de contenido político. Circulaban en panfletos, opúsculos, almanaques, cancioneros y periódicos. También se aprendían de memoria en las plazas, en los mercados y en las calles. Muchas eran parodias anónimas que aprovechaban melodías conocidas para improvisar nuevas letras capaces de transmitir, de boca en boca, las ideas revolucionarias. La Revolución debía cantarse. Y se cantó en todas partes.

    Pero ¿qué había ocurrido en aquella Francia de 1789 para que un pueblo entero decidiera desafiar un sistema que parecía eterno?

    La respuesta se escribe en términos de humillación, indiferencia y miseria acumuladas durante demasiado tiempo, que siempre terminan convirtiéndose en el combustible de las grandes rebeliones.

    Francia estaba quebrada. El Estado se encontraba prácticamente en bancarrota. Incluso Luis XVI, un rey mucho más interesado por la caza y la cerrajería que por el ejercicio del poder, comprendía que la crisis era inevitable. Mientras tanto, la corte de Versalles seguía funcionando como una maquinaria gigantesca de privilegios, lujos y gastos que resultaban insoportables, de espaldas a un país que ya no podía sostenerlos.

    Como si eso fuera poco, las malas cosechas provocadas por sequías e inundaciones dispararon el precio del pan, el alimento básico de la población. A esa situación se sumaban los enormes gastos militares, entre ellos el apoyo económico brindado a la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. Jacques Necker, ministro de Finanzas, intentó introducir reformas para evitar el colapso, pero ya nadie soportaba un nuevo impuesto ni estaba dispuesto a seguir financiando un sistema que solo beneficiaba a unos pocos.

    La sociedad francesa estaba organizada en tres estamentos profundamente desiguales. El Primer Estado era el clero. El Segundo Estado, la nobleza los que concentraban buena parte de las tierras, gozaban de privilegios jurídicos y estaban prácticamente exentos del pago de impuestos.

    La carga fiscal estaba montada sobre las espaldas del Tercer Estado, “el pueblo llano”, una capa conformada por los que trabajaban, producian y sostenían económicamente al reinopero que no tenían los privilegios del clero y la nobleza. Comeciantes, profesionales, pequeños propietarios y una burguesía cada vez mas poderosa dispuesta a pugnar por el poder político.

    El rey gobernaba por derecho divino. Su autoridad se consideraba otorgada por Dios por lo que no debía rendir cuentas ante nadie en la Tierra. Concentraba el poder político, legislativo y ejecutivo; podía declarar la guerra, firmar la paz, imponer impuestos, censurar publicaciones y ordenar detenciones arbitrarias. Oponerse al rey no solo podía interpretarse como un delito, sino también como un pecado.

    Un sistema montado sobre arbitrariedades que dejaba poco espacio para libertades individuales Y entonces sucedió lo impensado, la reunión de los olvidados. La tensión era inevitable.

    En medio de ese clima apareció una figura que terminó encarnando, para buena parte del pueblo francés, todo aquello que detestaban.

    María Antonieta. Sobre ella circulaban historias verdaderas, exageradas e incluso completamente falsas acerca de su vida privada, su sexualidad y sus supuestos excesos. La propaganda revolucionaria encontró en la reina un blanco perfecto. La apodaron “Madame Déficit” por los gastos atribuidos a la corte y la presentaban como el símbolo de una aristocracia indiferente frente al hambre del pueblo. Para hacerlo todo aun peor en 1785 estalló el célebre escándalo del collar. Una compleja estafa protagonizada por el cardenal de Rohan y la condesa de La Motte quien utilizó el nombre de la reina para adquirir un costosísimo collar de 647 diamantes. María Antonieta era inocente, pero la opinión pública nunca terminó de creerlo. Su reputación quedó destruida y el episodio alimentó todavía más el desprestigio de la Corona.

    Cuando finalmente el pueblo salió a las calles el 14 de julio de 1789 para tomar La Bastilla, la Revolución ya no los convocaba solo por la crisis economica. Acumulados en la yesca estaban años de desigualdad, privilegios, discrecionalidad, humillaciones, hambre y una incomprensión infinita sobre las necesidades del pueblo.

    Curiosamente, cada vez que escucho el reclamo de algunos que suponen que toda protesta debe resolverse con palos, cárcel o represión, me transporto de inmediato a 1789 para preguntarme qué seria de este presente sin aquellos resueltos manifestantes. Quéhubiese sido de este presente si se hubiesen hundido en sus temores y su pobreza, si el poder de entonces hubiese podido marginarlos definitivamente.

    Porque antes de sus cantos y sus pasos callejeros, hubo una misma violencia institucional que es la que tracciona siempre, la de las puertas cerradas, la de la soberbia y el desprecio, la de el hambre y que siempre aparece sostenida por una dirigencia convencida de que puede vivir de espaldas a la realidad.

    La Revolución Francesa cambió definitivamente la manera de entender el poder y abrió el camino para que conceptos que hoy naturalizamos comenzaran a formar parte de nuestras vidas.

    Si aquel pueblo, con sus claroscuros, sus excesos y sus contradicciones, no hubiera decidido desafiar al poder establecido, probablemente seguiríamos creyendo que algunos nacen para mandar y otros únicamente para obedecer.

    Finalmente, cuando el pueblo francés en 1789 hizo de las calles un coro inmenso y cantó sus himnos a viva voz, dejó escrita una verdad que nadie pudo erradicar y es que no existen poderes eternos ni pueblos condenados a soportar la desigualdad para siempre y que los días de gloria nacen desde abajo, desde las entrañas, cuando un pueblo decide ponerse de pie, marchar, reclamar y conquistar su propio destino.

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