El Fondo Monetario Internacional nació en 1944 como parte de los acuerdos de Bretton Woods, firmados en vísperas de la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Allí surgieron también el Banco Mundial y lo que luego sería la Organización Mundial del Comercio.
El objetivo era dotar al sistema económico internacional de algún tipo de arquitectura financiera que le permitiera estabilizar a los países en contextos de crisis transitorias mediante préstamos y, luego, mediante condicionalidades.
La idea en la postguerra, bajo la cuál nació el FMI, era compaginar el liberalismo y la apertura con los imperativos de reconstrucción de los países. Ese mundo ya no existe: el centro gravitatorio de la economía global ha ido pasando de los países desarrollados a los países emergentes. En la actualidad, estos últimos (en dónde están incluidos los gigantes China e India) explican el 61% del PBI mundial y además son los pises que crecen más rápido.
El reflejo dentro del FMI de estos cambios importante y decisivos es muy lento: hasta 2016, China solo tenía el 3,81% del voto de la cuotaparte y equivalía a menos de lo que tenían Países Bajos y Bélgica sumados. Hoy, después de una reforma, el peso chino creció al 6,08% pero aún es muy poco.
Por este motivo, China decidió avanzar en la construcción de una especie de institucionalidad financiera paralela: el Banco de Desarrollo del BRIC, el Banco Asiático de Inversión e Infraestructura, la Ruta de la Franja y la Ruta de la Sede son algunas de las iniciativas chinas.
Esto no quiere decir que este nuevo poder financiero no tenga sus propias condicionalidades: si bien no se despliega por los países a través de la imposición de programas de ajuste, sí las tiene con cláusulas.