El 6 de febrero Débora Pérez Volpin murió tras realizarse una endoscopía en el Sanatorio de la Trinidad. Tenía 50, dos hijos – Agustín y Luna, fruto de su matrimonio con Marcelo Funes- y hacía siete años estaba en pareja con Enrique “Quique” Sacco.
El 6 de febrero Débora Pérez Volpin murió tras realizarse una endoscopía en el Sanatorio de la Trinidad. Tenía 50, dos hijos – Agustín y Luna, fruto de su matrimonio con Marcelo Funes- y hacía siete años estaba en pareja con Enrique “Quique” Sacco.
“Comenzamos con un '¿cómo venís hoy? ¿Comemos tipo nueve?'. Nuestra primera cena fue mágica. Me enamoré desde ese primer encuentro", así comienza el relato de Quique sobre cómo comenzó su historia de amor con Débora: "Me enamoré del todo, de su belleza –aquello que los ojos pueden ver– y fundamentalmente de su estilo, de esa particular elegancia espiritual y conceptual que traspasa la imagen”, describió.
El periodista recordó que aquella noche conversaron bastante y “de casi todo”: sus hijos, sus padres, la familia, amigos, la profesión que compartían, de cine y hasta de política.
En ese entonces, corrían los tiempos del estreno de “Medianoche en París” (2011) y coincidieron en que Woody Allen estaba en la lista de sus directores favoritos: “Fue nuestra película emblemática […] Amamos viajar, entonces allí fuimos en nuestro primer paseo largo juntos... La Ciudad Luz, y también Londres”, indicó Sacco sobre aquel viaje que les permitió conocerse en el día a día.
"Para viajar conmigo me pidió presentarme a sus padres, Marta y Aurelio”, contó el periodista en la carta que publicó en revista Gente. “¡Qué linda cena! Aurelio –o Cucú para sus nietos– poseía un carisma especial. Y Marta, una escorpiana inteligente que lo dejaba conducir, aunque al final ella marcaba el ritmo”, expresó Quique sobre sus suegros, y describió a Débora y a su madre como personas “honestas, inteligentes, humildes, amables, simpáticas, independientes y bellas”.
“(Débora) me abrió las puertas de su corazón, confió en mí y me regaló lo mejor que una mujer puede dar: ¡AMOR, dos hermosos HIJOS del corazón, Agustín y Luna! ¡Y una gran FAMILIA! Ese legado es eterno”, resaltó.
Sus discusiones o “debates” giraban en torno a su profesión, la política y cosas cotidianas, como sucedió “aquella primera vez en un lugar de mucho frío”.
"Estábamos comprando souvenires; ella quería hacer una cosa y yo otra. No nos pusimos de acuerdo y el momento se tensó", recordó Quique.
Pero un romántico giro cambió todo: "A los pocos minutos se detuvo en la caminata, me tomó de los hombros, me miró a los ojos con una sonrisa y me dijo casi cantando... '¡Souvenir, souvenir!'. Nos dimos un gran abrazo de amor. Así sellamos esa mínima diferencia, y de ahí en más, cada vez que lo necesitamos –muy pocas– utilizamos esa clave de paz y alegría".
La carta finaliza con una emotiva descripción a modo de resumen de lo que fue su relación, de cómo era Débora y como su amor por ella sigue intacto: “Así de intenso fue nuestro tiempo juntos. Imposible olvidarlo. Orgulloso y feliz de ser el compañero en la vida de Débora, excelente persona, gran profesional, de convicciones firmes e intransigentes, madre todo terreno, mujer inmensa, compañera leal de cada momento, dueña de una sonrisa especialmente brillante. Celebro por siempre nuestro amor inolvidable. Y como cada día antes de dormir con el beso de las buenas noches, va la frase de siempre: '¡Te amo, hermosa D!'".
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