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El futuro de la humanidad no está en los niños

Cuando nos referimos a que los niños o adolescentes “son” o “están” aburridos o desinteresados terminamos juzgando. En cambio, si nos tomamos un tiempo y observamos qué hacen tal vez podamos sorprendernos con lo que ellos aportan y aportarán al mundo.

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  • A muy pocos años de iniciar mi carrera docente, uno de mis alumnos de primer año enfermó gravemente. A mediados del siguiente año recibimos la triste noticia de su fallecimiento. Aún recuerdo el color gris de ese día, las conversaciones con sus compañeros y la impotencia de su padre, reconocido médico local que había hecho denodados esfuerzos para encontrar su cura. Mientras miraba las caras de desazón de cada uno de los niños, algunos de ellos enfrentando a la idea de la muerte por primera vez, me preguntaba: ¿De qué sirve tanta exigencia, si no tienen la vida?

    Esta pregunta aún me acompaña en situaciones extremas o a la hora de juzgar algunos eventos con mis hijos y nietos, a la hora de decir que son desordenados, egoístas o amorosos.

    Una de las premisas que aprendí del biólogo chileno, Humberto Maturana, es la imposibilidad de observar cómo son las personas. No tenemos posibilidad de acceder a cómo son las personas, por lo tanto, es recomendable mirar qué hacen las personas. Al decir de Rafael Echeverría, en su libro “Ontología del lenguaje”, somos lo que hacemos. Cuando nos referimos a que los niños o adolescentes “son” o “están” (aburridos, desinteresados, poco aptos), terminamos juzgando, calificando, poniendo características y, de alguna manera, definiendo la identidad de ellos, en este mundo que compartimos.

    En cambio, si nos tomamos un tiempo y observamos qué hacen, cómo lo hacen, qué emoción ponen en lo que realizan, de qué hablan, cómo se organizan, tal vez podamos sorprendernos con lo que ellos aportan y aportarán al mundo.

    Mucha gente me ha dicho: “Qué suerte que te fuiste de la escuela, ni te imaginás cómo están los niños”. Mi pregunta es: “¿Qué hacen?” Hago silencio para escuchar y, luego, pregunto: “¿Sabes cuántos niños y jóvenes se destacan en deportes, música, danzas clásicas y folklore, actividades solidarias, idiomas?” “¿Sabes cuántos niños cantan, bailan y recitan en los actos escolares?” Quizás no llegan a ningún salón de ninguna fama, pero se constituyen como constructores silenciosos de una vida sana.

    Cuando los ríos traen aguas turbias, lo que se suele hacer es volver río arriba, donde nacen las aguas puras, al lugar seguro, al lugar donde experimentamos la más grande fragilidad, la de dejarnos sostener en nuestra pequeñez, donde aún nos dejamos abrazar. Allí mismo, en el hogar, fue donde presentamos nuestras primeras escenas de robustez, cuando nos caímos y nos levantamos rápidamente y dijimos “no pasó nada, estoy bien, estoy bien”. Volver a la fuente, al hogar donde somos frágiles y robustos a la vez, sin importar nuestras edades, es siempre la mejor recomendación. Regresar al lugar donde el combustible es el amor. ¿Alguien podría negarlo (aunque siempre hay excepciones)?

    La vida avanza y la escuela llega. Con los llantos de los primeros días, asumimos que hay muchas cosas que no se pueden hacer y tal vez en este espacio de despegue es donde descubrimos nuestros primeros dolores y traiciones, que quizás modelarán toda nuestra vida. Aprendimos a salir rápido, a recuperarnos del dolor de que alguien no quiera jugar con nosotros o de que la maestra insista en no dedicarnos exclusiva atención. Aprendimos a ser resilientes, a perder y a recuperar, a perder y a ganar en el juego y en los afectos.

    Y un día nos sorprendemos porque lo que dolió una vez, ya no duele, porque lo que dolió lo usamos como ladrillo para crear algo más grande. Ahora eso tiene nombre: ser “antifragil”. Lo que alguna vez nos desconcertó, nos sacó de centro, hoy nos posiciona con ventaja, porque aprendimos a navegar mares de incertidumbre, porque aprendimos de la experiencia; no volvemos al mismo lugar, quedamos mejor posicionados ante lo que viene. La experiencia, sin dudas, enseña. Uno de los grandes aprendizajes de las últimas décadas ha sido atreverse a “pedir asistencia” cuando hay algo que no podemos ver o algo que nos está complicando el presente. Existen distintas profesiones, entre ellas, el coaching ontológico, que pueden ser de gran ayuda para dar luz a algo que era imperceptible.

    Hace unos días, leí que un reconocido empresario, uno de los hombres más exitosos del presente, cuestionaba los resultados de una educación amable con los niños; sostenía que estábamos criando generaciones frágiles, demasiado frágiles para volverse generaciones adultas.

    ¿Será que los adultos tenemos miedo de no estar criando niños fuertes? ¿Niños fuertes como quién? ¿Tenemos miedo de no “dejarlos” preparados para el futuro que vendrá? ¿Cuál futuro?

    Vienen a mi memoria algunos versos del autor chileno Eduardo Gatti, en su canción llamada “Los Momentos”:

    “Nos hablaron

    Una vez, cuando niños

    Cuando la vida se muestra entera

    Que el futuro, que cuando grande

    Ahí murieron ya los momentos

    Sembraron así su semilla

    y tuvimos miedo, temblamos

    y en eso se nos fue la vida"

    ¿Miedo por el futuro? ¿Cuál futuro? ¿Somos los adultos los que tenemos miedo o los propios jóvenes?

    Estas preguntas me traen nuevamente a Maturana: “El futuro de la humanidad no son los niños, somos nosotros, los mayores con los que ellos se transforman en la convivencia”.

    Lo que nuestros niños y jóvenes hagan en el futuro dependerá de lo que podamos hacer nosotros hoy. Podemos diseñar juntos qué queremos que pase, en qué mundo les gustaría vivir. Podríamos revisar dónde estamos haciendo foco como familia y dónde quieren hacer foco nuestros jóvenes. No siempre nuestras rigideces y exigencias generan un futuro mejor. Hay un dicho popular que dice: “Los frutos no caen muy lejos del árbol”. Entonces, ¿por qué temer? Si nuestros niños se han nutrido de la misma savia que corre por nuestras venas.

    Observando lo sucedido en la pasada pandemia y la rapidez de los avances tecnológicos, podemos declarar que no tenemos la más pálida idea de cuál será el panorama en un par de décadas, ni siquiera quiénes estaremos para verlo, pero podemos imaginar hacia dónde queremos ir como seres humanos.

    El futuro no viene enlatado: mientras haya vida podemos modificarlo.

    Emilia Alvarado es Master Coach y miembro de la Asociación Argentina de Coaching Ontológico Profesional.

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