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Betsabé Páez: estuvo al borde de la muerte, fue mamá y quedó a un paso del podio en los Juegos Suramericanos

La atleta nacida en Crespo, un pueblo de Entre Ríos, sufrió un rally de lesiones que la obligaron a retirarse dos veces. Quedó embarazada y, en medio de la traumática recuperación de una de sus intervenciones, pensó en abortar y se arrepintió. Volvió a entrenar hace menos de seis meses y fue 4ta en Santa Fe.

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  • Ser mamá no es para cualquiera. Betsabé Paez era consciente de sus condiciones y lo pensó muy bien: venía de afrontar una recuperación sumamente traumática de su rodilla y las condiciones en las que esperaba a su hija no eran las mejores. A horas de realizar la interrupción de su embarazo, finalmente decidió tener a Federica, a quien tendrá mucho para contarle.

    Betsabé, después de un derrotero lleno de obstáculos, se puso a entrenar para los Juegos Suramericanos de Santa Fe y llegó al cuarto lugar, es decir, a un solo puesto de las medallas. Por eso su historia tiene más valor. Sobrevivió a una serie de hechos prácticamente imposibles y decidió dedicarle su vida a su hija.

    Sus inicios en el deporte comenzaron gracias a su afinidad con lo físico: "También me crié en un barrio, en un pueblo donde se jugaba afuera, colgada de los árboles, en la cancha y con los vecinos. Entonces, como que fui desarrollando desde muy pequeña muchas habilidades motrices y físicas. Me la pasaba viendo canales deportivos y soñaba con hacerlos".

    "Había empezado con que quería hacer patinaje sobre hielo, pero olvidate, en el pueblo no existía. Después quería patinaje sobre ruedas, pero tampoco existía. Me pasó lo mismo con gimnasia deportiva, pero no tuve éxito", contó en diálogo con C5N, dejando en evidencia su facilidad para hacer actividad física. Y no fue hasta que llegó una profesora de educación a su vida para introducirla en el atletismo.

    "Gisela Menon me vio correr y me invitó a hacer atletismo. Le pregunté si de verdad existía eso porque yo lo veía en la tele. Me escapaba de mi casa para hacerlo... Un día vi las colchonetas y probé el salto en alto e hice la técnica bien sin nunca haber practicado ni que nadie me la enseñara: solamente la había visto en la tele", agregó.

    Y así comenzó su carrera. A los 10 años compitió en los Sudamericanos escolares y ya comenzó a representar a la Selección. Después de años de crecer dentro del deporte, a la par comenzaron a asomarse las lesiones.

    Betsabé Páez se destaca en salto en alto y logró importantes marcas a nivel sudamericano.

    Un camino marcado por lesiones: el primer gran dolor de Betsabé

    "Mi primera lesión grosa fue a los 17 años, que me fracturé las vértebras lumbares y ahí fue mi primer 'retiro', porque quedé tres años afuera del atletismo", comenzó relatando.

    Esa lesión no impactó únicamente en lo físico, sino que también derivó en un cuadro depresivo producto de los diagnósticos que le brindaban los médicos: "De un momento a otro, me decían que mi carrera estaba acabada, que no podía a competir más por la columna, que no iba a poder ser mamá porque tenía la columna rota así que no me iba a bancar un embarazo. Me desmoroné".

    Ese cuadro la puso en pausa alrededor de dos años en los que subió mucho de peso y debió recibir atención psicológica y tratamiento psiquiátrico. Según ella, "estaba totalmente perdida".

    En medio de ese mar de depresión, un saludo de Gonzalo Bonadeo le cambió la mentalidad. El periodista, en medio de una transmisión de atletismo le mandó saludos a Crespo, de donde era ella, y también la mencionó. "Ahí dije: 'Evidentemente hice algo en el deporte como para que alguien se acuerde de mí'". Y se decidió a volver a entrenar.

    Decidir curarse sola: el cáncer que nunca la frenó

    Como había estado alejada del radar de la Selección en 2014, no pudo ser elegible para los Juegos Sudamericanos de Santiago, pero sí logró la mejor marca sudamericana en un torneo en el que compitió días después, lo que le permitió volver a integrar el equipo nacional.

    "Después de eso, el ENARD me bancó una preparación en Brasil con un entrenador que era muy groso en salto en alto. Y bueno, me voy a vivir unos meses a Brasil con el entrenador. Empecé con dolores en los tobillos, no podía caminar realmente. Me hicieron estudios y me diagnosticaron que tenía cáncer", narró la atleta.

    Regresó al país para determinar las características del tumor, es decir, si era benigno o maligno, y después de hacer un desfile de médicos, ya cansada, decidió que iba a llevar la recuperación sola. "Mirá, yo de todo lo que me dijeron los médicos no voy a hacer nada, no me voy a operar. Voy a hacer que mi cuerpo solo lo sane", y comenzó a aplicar técnicas de neurociencia que incluían alimentación y meditación.

    Comenzó a mejorar y se animó a volver al deporte. De nuevo en el ruedo, volvió a estar fuerte y competir a nivel internacional, pero otra vez las lesiones fueron detrás de ella.

    Esa maldita rodilla: la lesión que casi le cuesta la vida

    En un Campeonato Sudamericano clave para sumar puntos de cara a los Juegos Olímpicos de Tokyo, Betsabé se cortó los ligamentos cruzados. "No tuve mejor idea que agarrar y hacerme un vendaje en la rodilla y seguir saltando porque yo quería sacar una medalla para que me habilitaran los puntos. Y bueno, saqué esa medalla, una de bronce, pero bueno, me terminé rompiendo bastante fuerte la rodilla", recordó sobre ese momento bisagra de su carrera -y de su vida-.

    Como era época de pandemia, a Betsabé la operaron como excepción y debió afrontar la etapa de rehabilitación sola y de manera virtual: no funcionó. Ella vio que la rodilla no le había quedado bien y accedió a hacerse una segunda intervención, pero los médicos advirtieron que le había quedado un pedazo de metal debajo de la rótula y le comunicaron que tenía que hacerse una nueva cirugía. Ella aceptó.

    "Salí caminando de la cirugía, regia la rodilla, respondía bien, todo perfecto. A los dos días empiezo con fiebre, vómitos y mucho dolor, resulta que me había entrado una bacteria intrahospitalaria y me había contagiado de COVID. Fue un cuadro bastante complicado porque yo estaba tan inmunodeprimida por el COVID que la bacteria avanzaba muy rápido en mi organismo. Me tuvieron que operar de urgencia porque yo tenía una septicemia prácticamente", recordó con dolor.

    Betsabé sufría de una infección generalizada: "Ya corría riesgo mi vida de hacer una falla multiorgánica. Llegué al sanatorio muy descompensada y, hasta que descubrieron qué era lo que pasaba, me ingresaron a quirófano de urgencia para salvarme la pierna y sobre todo la vida".

    El problema era que, como ya estaba desafectada de la Selección hace meses, no cobraba la beca y, por ende, tampoco tenía cobertura médica. Mientras estuvo internada sus amigos y familia lograron cubrirle parte de los gastos, pero no pudieron extender el período de internación. Tenía que ser trasladada a un establecimiento público porque no podía costearse la hospitalización.

    La llevaron al hospital de Baigorria y la alojaron en un módulo de COVID. "Afuera mi caso era mega mediático y yo no tenía idea de lo que pasaba, me sentía un sujeto descartable porque a nadie le importaba mi vida, solamente me usaban por cuestiones políticas", recordó con bronca. Y así pasó un mes, conectada a puro antibiótico para tratar de paliar la infección que la aquejaba. Logró mejorar y pudo volver a su casa.

    Pero el calvario no había terminado ahí: su rodilla volvió a supurar, volvió a tener malestar y levantó fiebre. Su madre llamó a emergencias y allí le advirtieron: "Es un fierro caliente. Esa pierna está para amputar y nadie se va a querer hacer cargo de la macana que se mandaron antes".

    Sin lugar para poder atenderse en su pueblo, su hermano consiguió que la trasladaran en una especie de pabellón en un subsuelo. "Había de todo: presas, personas grandes, mujeres terminales y con todas las enfermedades que te pudieras imaginar. Una al lado de la otra, estábamos todas hacinadas y muchas en condiciones de sepsis", relató Betsabé. Lo peor de todo eran las condiciones, porque además de la falta de limpieza, también el lugar estaba lleno de perros, gatos y hasta ratas que podían empeorar las condiciones de las pacientes. Incluso causarles la muerte.

    "Un día me levanto y me habían comido las hormigas. Me picaba el cuerpo. Yo ahí pensaba: 'Habré hecho una reacción alérgica a alguna medicación'. Pero no, tenía hormigas coloradas comiéndome el cuerpo", comentó sobre ese oscuro lugar en el que sintió el abandono en primera persona porque "las enfermeras venían cada 15 horas a vernos y nos dejaban solas".

    En ese momento fue que su paciencia se agotó y comenzaron a abordarla los pensamientos más oscuros: "Yo le decía a mis papás que me quería morir porque no quería vivir más así, ni tampoco quería estar más consciente de la situación. Les dije: 'Yo firmo el consentimiento y yo me voy de acá como sea, me sacan de acá, yo no aguanto más, no me importa si me muero, si no me importa más nada'. Literalmente ya no me importaba la vida, básicamente".

    Y volvió a su hogar con la responsabilidad de su propia vida a cuestas, pero el destino le dio otra oportunidad. Durante seis meses experimentó una especie de estrés postraumático en los que no podía ver gente y a duras penas podía salir de su casa, además de que vivía con dolores crónicos con los que apenas podía caminar.

    El embarazo sorpresivo: la decisión de criar a pesar de los dolores

    En medio de la rehabilitación de su rodilla, Betsabé conoció al papá de su hija, pero no tenía una relación formal con él. "Fue bastante traumática la situación, no porque no quisiera mi bebé, yo que siempre quise ser mamá, pero no era el momento. Yo estaba tratando de estabilizarme: después de todo lo que me pasó, no tenía trabajo, no tenía nada. Me sentí acorralada", reconoció.

    Ella quería ser mamá, pero no en esa situación y lo sabía. El amor que sentía era enorme, pero entendía que no contaba con los medios para criar una hija en medio de una rehabilitación tan traumática. "El papá medio que se borró en ese momento. Me había quedado medio sola, entonces fueron meses en los que yo tenía que tomar una decisión de qué hacer con ese embarazo".

    Y sufrió los embates de la violencia machista en persona: "Empecé a buscar trabajo para ver si alguien me tomaba, pero siempre que decía estaba embarazada, no me tomaban".

    Betsabé hizo todos los trámites para abortar pero, cuando llegó el día del turno, se arrepintió. Se decidió a tenerla y continuó con su embarazo, a la vez que intentó revincularse con el padre de Federica. "Sufrí violencia de género, intenté escaparme de ese vínculo pero todavía estoy intentándolo", reconoció.

    Criar en un contexto de violencia de género y poder salir para sanar

    Paez logró salir de ese vínculo, pero no sin antes haber quedado marcada por la violencia de género: "Mi ex no me dejaba trabajar, no me dejaba tener niñera para Fede, no quería que me juntara con mis amigos y hasta me fue alienando de mi profesión".

    En ese contexto violento, Betsabé descubrió que su expareja buscaba dejarla sin herramientas para volverla en un 100% dependiente de la economía masculina para sostener a su hija.

    "Eso fue muy, muy difícil también de atravesar, porque yo sentía desesperación de querer salir de un lugar y no poder. No tenía con quién dejarla porque mi familia estaba en Entre Ríos, y yo estaba en Rosario", recordó con sumo dolor y entre lágrimas.

    Después de tantos momentos de desesperación, finalmente logró conseguir un trabajo en un gimnasio, donde también se redescubrió como atleta. Porque tenía miedo de moverse, de pisar, de caminar y de entrenar después de tanto que había pasado. Pero finalmente se animó: volvió a correr y volvió a saltar.

    Betsabé junto a su hija Federica

    El gran regreso junto a su entrenador de toda la vida

    "Un día me animo a correr, otro día me animo a saltar y un día digo: 'Listo, si yo me puedo animar a hacer todo, voy a poder volver a hacer mi último salto'. Yo lo único que quería era hacer mi último salto con mi entrenador, que tiene 94 años, que tuvo unos Juegos conmigo acompañándome en sillas de ruedas", dijo con emoción.

    El hombre fue el único que la llamó durante los seis años que duró su tortura para decirle cuán importante era para él, incluso a pesar de ya no ser atleta. "Porque en el deporte de alto rendimiento es un poco así, cuando sos genial están todos, y cuando no sos genial nadie te llama", recordó.

    "Yo le digo 'el viejo' de cariño y sabía que lo único que él quería era estar en una pista de atletismo, ¿viste? Pero bueno, ya casi no tenía atletas porque estaba grande, qué sé yo....Entonces, yo lo llamo un día y le digo: 'Bueno, viejo, yo sé que vos querés estar en la pista de atletismo. ¿Sabes qué? Hacemos un plan y nos vamos a retirar juntos. Voy a hacer mi último salto con vos al lado", comentó sobre cómo fue su gran regreso.

    Y el resto fue historia: a solo cuatro meses de volver a animarse a saltar, Betsa terminó 4ta en los Juegos Suramericanos y, si bien se volvió a romper los ligamentos en el tercer intento por medalla, no le pone un final definitivo a su carrera. Además, compitió con su gente y ante los ojos de su hija, algo que nunca más olvidará. "Esa fue mi medalla. Me retiré y volví tantas veces... nunca se sabe qué puede pasar", cerró.

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