El pasado 3 de octubre falleció en Cádiz, Jesús Quintero, un periodista y presentador de radio y televisión español que marcó una época con un estilo intimista y reflexivo, y un compromiso profundamente humanista, tan distante del perfil dominante en los medios audiovisuales hegemónicos contemporáneos.
El día antes habían sido las elecciones presidenciales en Brasil en las cuales Jair Bolsonaro logró obtener el 43,2% de los votos válidos, cerca de la mitad del electorado. Poco más de 51 millones de brasileros y brasileras, de una población total de 213 millones de personas, decidieron darle su voto de confianza. En términos porcentuales, en relación al total de la población, obtuvo casi la misma cifra que en 2018, cuando llegó por primera vez a la presidencia del país más grande del hemisferio sur del planeta. En aquella ocasión, en primera vuelta el ex militar de ultraderecha había sumado 49,2 millones de votos sobre una población brasilera que entonces rondaba los 208 millones. La diferencia cualitativa entre aquella elección y ésta son los cuatro años de gobierno de Bolsonaro que revelaron toda la infamia de su personalidad y que sin embargo no hicieron mella en su popularidad.
El ascenso y consolidación del culto a la violencia, la ignorancia y lo grotesco, fenómeno que se extiende como una mancha venenosa por todo el mundo occidental y sus zonas de influencia, tornan tan oportuno homenajear a Jesús Quintero a la hora de su despedida. Algunas de sus intervenciones más memorables advertían ya hace tiempo del ominoso futuro, ahora presente, que nos esperaba.
Los dos ídolos
“Siempre ha habido analfabetos, pero la incultura y la ignorancia se habían vivido como una vergüenza, nunca como ahora la gente había presumido de no haberse leído un puto libro en su jodida vida, de no importarle nada que pudiera oler levemente a cultura o que exija una inteligencia mínimamente superior al primate”, arrancaba Jesús Quintero en uno de los editoriales que más se reprodujo en varios medios argentinos como tributo ante su muerte. El monólogo pertenece a una de las emisiones del programa “El loco soy yo” que durante 2012 realizó para Canal Sur, estación de televisión del gobierno de Andalucía, España.
La ignorancia que reprochaba Quintero es aquella elegida, profesada orgullosamente por quienes han tenido todas las oportunidades, no sólo para instruirse, sino también para cultivarse como personas y no obstante, han despreciado ese privilegio. “Saben leer y escribir, pero no ejercen” dirá el periodista español. “Cada día son más, y cada día el mercado los cuida más y piensa más en ellos – agregará -, la televisión se hace cada vez más a su medida”. Y no sólo se trata de la ya vieja televisión. Las más novedosas “redes antisociales”, como las ha caracterizado el periodista argentino Horacio Verbitsky, han sido diseñadas para generar las condiciones ideales a fin encerrar a cada persona en su mezquina existencia, promoviendo entretanto la agresividad, la mentira y la irracionalidad más aberrante. Eso es lo que se logra con algoritmos que crean burbujas de sentido en donde los contendidos que recibe cada participante están orientados a reforzar sus creencias, gustos e impulsos previos; a lo que se le añade la promesa de impunidad que brinda la posibilidad de interactuar en forma anónima.
Las nuevas mayorías surgidas de este escenario se regocijan con “los crímenes más brutales o con los más sucios trapos de portera”, en palabras de Jesús Quintero. “El mundo entero se está creando a la medida” de ellas. “Todo es superficial, frívolo, elemental, primario, para que ellos puedan entender y digerirlo”, explica Quintero. “Esos son socialmente la nueva clase dominante, aunque siempre será la clase dominada, precisamente por su analfabetismo y su incultura; la que impone su falta de gusto y sus morbosas reglas, y así nos va a los que no nos conformamos con tan poco, a los que aspiramos a un poco más de profundidad”, concluye el español.
Protagonista de ciclos célebres en la televisión argentina de los años ’80 y ‘90 como “El perro verde” o “Que sabe nadie”, Jesús Quintero no llegó a vislumbrar en la alocución citada que lo que se avecinaba no era sólo un culto a la ignorancia elegida, sino también a la brutalidad reivindicada, a la violencia ensalzada. Las mayorías apoyando entusiastas a un sujeto como Bolsonaro que se reía en las redes sociales de los muertos por la pandemia de la COVID-19 y que ha hecho retroceder a su país décadas en lo que ha calidad de vida respecta. O tratando como héroe a Vladimir Zelensky, un descendiente de judíos que encabeza un régimen en Ucrania que abiertamente apoya a movimientos neonazis y le suplica a la OTAN que lance ataques preventivos contra Rusia. Ataques que, de concretarse, probablemente desatarían una guerra nuclear en donde su país tendría asegurada la aniquilación. La popularidad de la que goza viene de muchos de los que serían exterminados por el fuego radioactivo resultante del delirio belicista de unos pocos.
El domingo 3 de octubre los estudiantes de la residencia del Colegio Mayor Elías Ahúja, adscripto a la Universidad Complutense de Madrid y regenteado por la Orden de San Agustín, perteneciente a la Iglesia Católica, fueron grabados mientras desde las ventanas del edificio donde se alojan le cantaban a las residentes mujeres del Colegio Mayor Santa Mónica, ubicado en frente, una melodía plagada de insultos procaces, violentos y machistas. Seguramente, muchas de las destinatarias de esas execrables expresiones sean, o vayan a ser, compañeras sentimentales y de la intimidad, o de estudios, o salidas, de esos machos vergonzosos.
Sin embargo, a ellos nada les importa. Ni siquiera la posibilidad del goce erótico con el/la otro/a los motiva, parece que sólo hallan placer en el sufrimiento que pueden generar en el prójimo/a. En cualquier momento lo que se declama puede pasar de las palabras y las insinuaciones a la materialidad de la realidad, como tantas veces ha ocurrido. Y se trata de jóvenes, veinteañeros, o aún menores, de clase media o media altas, privilegiados de una de las sociedades con mayor tradición cultural del mundo. Algo que no impide que se regocijen en la barbarie. En unos años más, gente como ellos habrá alcanzado posiciones de poder, quizás, por ejemplo, en sus manos quede la decisión de un arsenal nuclear, o de la vida de millones a través de sofisticados aparatos de represión públicos o privados. De hecho, esas mismas posiciones de poder están ya en manos de los padres y madres de esos sujetos, de quienes probablemente abrevaron el gusto por el sadismo y la irracionalidad.
Como si lo anterior no fuera suficiente, en el mismo Madrid, en la fiesta Viva22 organizada por el partido político fascista Vox, el fin de semana del 8 y 9 de octubre, Isaac Parejo, conocido como “Infovlogger”, y el grupo tecno-pop Los Meconios interpretaron una canción titulada “Vamos a volver al ‘36” en alusión al golpe de Estado que protagonizó Francisco Franco en 1936 y que derivó en una guerra civil y en una de las dictaduras más largas de la historia mundial contemporánea. En la canción también se trivializaban las violaciones en manada. Lo curioso es que con ese estilo musical y con el cantante principal, Infovlogger, en su calidad de gay, en la añorada España de Franco, los intérpretes hubieran sido encarcelados o incluso fusilados, lo que muestra a las claras el grado de alienación de esta gente.
Parar al monstruo
El mundo acelera día a día el proceso de su descomposición moral, paralelo al medio ambiental, en el cual entró hace tiempo. A la inversa de lo que exponen las narrativas de las grandes corporaciones mediáticas occidentales, es ese mismo Occidente el que viene engendrando en sus entrañas las mayores amenazas a la vida y la convivencia. Hasta el extremismo islámico de Medio Oriente es un reguero de pólvora encendido en la década de 1970 por el “líder” del “mundo libre”, los Estados Unidos de América. Pero ahora el monstruo está en casa, tal como ocurrió hace 90 años atrás, y de nuevo, crece y se fortalece en el corazón del mundo “occidental y cristiano”. Una paradoja que amerita una reflexión que trascienda el mero análisis político, sociológico y económico, para atreverse en las brumosas tierras de lo teológico.
El progresismo y la izquierda, tal como ocurrió hace casi un siglo atrás, se muestran débiles, tímidos y hasta extraviados frente a la amenaza. No faltan incluso de su lado los desatinos totales, rayando en lo criminal, como el protagonizado días atrás por Irene Montero, ministra de Igualdad del gobierno español, en una alocución en donde manifestó que los niños tienen derecho a elegir con quien tener relaciones sexuales. Si no fuera tan trágico, este tipo de personajes recordarían aquél chiste de juventud que decía “¿Qué se necesita para hundir un submarino?. Dos personas, una que toque la puerta y otra que abra preguntando quién es”.
La evidencia indica que es hora de tomarse muy en serio a las derechas, que siempre terminan en “ultras”. Las democracias y quienes profesan el respecto por los demás, deben cerrar filas para detener el ominoso futuro que ellas quieren forjar. Todo el peso de la ley, del poder del Estado de Derecho y de los ciudadanos debe emplearse en ello cuanto antes. El intento de asesinato de Cristina Fernández de Kirchner, así como los cuatro homicidios perpetrados hasta ahora por militantes de Bolsonaro contra simpatizantes del PT de Lula; o la pretensión de asaltar el Capitolio estadounidense por una turba que respondía a Donald Trump; muestran diáfanamente que esta gente está pasando a la acción concreta en los más diversos lugares del mundo, y lo está haciendo con llamativa coordinación.
La experiencia histórica señala que la última vez que se dejó pasar la oportunidad de detener al fascismo de amplia difusión luego tuvo que pararse a los profetas de la muerte en el campo de batalla, a un costo humano y ambiental atroz. Los que aspiramos a otro mundo, donde la ignorancia elegida y la violencia glorificada ya no tengan lugar, no nos podemos conformar con menos, como nos exhortaba Jesús Quintero.