Gustavo Luzardo tenía 19 años cuando estalló la guerra de Malvinas y estaba "desesperado" por viajar a las islas. Se presentó el 11 de abril y el 14 salieron hacia el escenario de los combates. Su mayor recuerdo es "la adrenalina que sentía por ir a defender nuestro territorio".
Por aquellos días, los combatientes tenían la costumbre de escribir sus cartas en los márgenes de las hojas de libros viejos y junto a tres compañeros realizaron un pacto: cada uno de ellos redactaría un mensaje que pondrían en el bolsillo izquierdo de su camisa, señalando al destinatario a quien debía ser entregada, junto a una leyenda: "Acordate que quizás morí por defender mi vida". Pero un hecho inesperado alteraría los planes.
El grupo tomó parte en el contrataque del monte Longdon. Miguel, uno de los compañeros que había sellado el pacto, murió en combate. "Cuando cayó clavó su fusil en el piso, como diciendo 'no me estoy entregando'. Me quedó la imagen del soldado heroico, parecía que estaba rezando con su fusil clavado en el piso", rememora Luzardo.
Cuando lo revisaron Miguel no tenía la carta en su bolsillo y poco tiempo después, visitando a otro compañero herido, conocería el desenlace de la historia: en una noche de intenso frío, sacrificó su preciada hoja escrita para poder encender el fuego para cocinar: "¡Qué camaradería! Miguel usó su carta para darnos de comer".