21 de junio 2022 - 11:46

Lecciones e inspiraciones de la guerra de Malvinas

La dura experiencia vivida por Argentina hace 40 años tiene mucho para aportar al presente, tanto en términos de lecciones sobre lo que debe evitarse, como de razones e inspiraciones que deben sostenerse.

Hace 40 años atrás, durante diez semanas, se desarrolló el conflicto bélico que enfrentó a la Argentina con Gran Bretaña por el control de las Islas Malvinas, las Sándwich y las Georgias del Sur. La guerra comenzó el 2 de abril y finalizó el 14 de junio de 1982.

En plena dictadura cívico-militar-eclesiástica que había comenzado en 1976 la guerra tuvo una mezcla inusitada de componentes contradictorios. Una causa legítima enarbolada por un gobierno militar que había dejado un luctuoso saldo de quiebre del orden constitucional, violaciones a los derechos humanos y bancarrota económica; junto al heroísmo y el profesionalismo de muchos de los militares que combatieron.

La improvisación para decidir ir al enfrentamiento bélico contra una de las mayores potencias militares de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y luego para manejar la guerra una vez desatada; al lado del sacrificio inconmensurable de quienes combatieron o acompañaron, física o espiritualmente, a quienes lo hicieron.

Sin embargo, precisamente por este entrecruzamiento de circunstancias, actitudes, causas y efectos, el conflicto de Malvinas también es rico en lecciones cuya vigencia se mantiene en el presente tan intacta como en el pasado. Uno de los mejores homenajes que se puede hacer a quienes dejaron su vida en ese campo de batalla, durante las operaciones militares y después de ellas, y también para quienes sobrevivieron, es tomar nota de las enseñanzas de tanto sacrificio.

Las lecciones a sacar de la guerra de las Malvinas no sólo son útiles para el hipotético caso de volver a enfrentar un hecho bélico, sino que la validez de aquéllas es tanto, o más, fecunda en tiempos de paz. Dos enseñanzas pueden destacarse, entre otras muchas, ambas especialmente pertinentes en el presente: la importancia de instituciones sanas y la relevancia del desarrollo propio. Y de la experiencia también es factible sacar razones para sostener luchas que a veces parecen no tener sentido.

  • Instituciones sanas

La primer condición de unas instituciones sanas, la inicial y más fácil de verificar en el caso de Argentina, es su correspondencia con el orden constitucional. El golpe de Estado de 1976 había arrasado con esa posibilidad y todo lo que vino luego estuvo marcado por ese vicio de origen insalvable. Contradiciendo a quienes habían promovido la salida dictatorial como forma de “poner orden” en la Argentina de mediados de la década de 1970, el régimen autoritario había “loteado” el poder eliminado las instancias de formación de la voluntad política del Estado y los mecanismos de control de la ejecución de su accionar.

El resultado fue una situación de suma debilidad para enfrentar algo tan exigente y dramático como una guerra. Al término del conflicto, la Junta Militar que detentaba el gobierno, integrada por el teniente general (Tte. Gral.) Cristino Nicolaides, el almirante (Al.) Rubén Franco y el brigadier general (Brig. Gral.) Augusto Hughes, mandó a crear la Comisión de Análisis y Evaluación de las Responsabilidades Políticas y Estratégicas Militares en el Conflicto del Atlántico Sur. Integrada por seis militares retirados de alto rango, dicha comisión elaboró un documento final que sería conocido como Informe Rattenbach, en alusión a quien presidió la investigación, el Tte. Gral. Benjamín Rattenbach.

El informe fue contundente respecto al manejo político y militar de la guerra. En sus conclusiones se puede leer: “No existió, durante el desarrollo del conflicto, una conducción que centralizara, en forma orgánica, continua y eficiente, el ejercicio de un comando unificado, con control de todos los factores que conformaban la situación de crisis”.

Las deficiencias técnico militares eran un reflejo de un padecimiento de la Argentina de mucho mayor envergadura que el Informe Rattembach no soslayó: ”...es necesario señalar que el estado general del país, en el momento de tomarse la decisión de ocupar las Islas Malvinas, no era el más adecuado para enfrentar un hecho político internacional de tal naturaleza”. Y agregaba, marcando las causas de los problemas previos a la guerra, “la crisis socio-económica reinante, con un país postrado por problemas acuciantes” y “la situación política interna…altamente sensibilizada…”.

“Independientemente del gobierno y de la dictadura, la realidad es que teníamos en la misma cabeza a quien dirigía los destinos de la nación, era responsable del instrumento militar y de las negociaciones diplomáticas, y no teníamos un gabinete de crisis”, señaló en diálogo con C5N, el brigadier retirado y veterano de la guerra de Malvinas (VGM), Raúl Acosta, quien fue subjefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea Argentina (FAA) entre 2010 y 2013 y actualmente se desempeña como representante del Rectorado de la Universidad de la Defensa en el Centro Regional Universitario Córdoba - Instituto Universitario Aeronáutico (CRUC-IUA).

Acosta tenía 29 años cuando estalló la guerra de Malvinas y era primer teniente en la II Brigada Aérea con asiento en Paraná, Entre Ríos. Allí se encontraba el Grupo 2 de bombardeo equipado con aviones Canberra, de fabricación británica. El Grupo 2 fue desplegado en Trelew, Chubut. En la noche del 14 de junio de 1982 el Canberra que tripulaba Acosta junto a su compañero, Antonio Mauad, esperaba en la cabecera de pista, la orden para salir a una misión de bombardeo cuando llegó el aviso de que la guerra había terminado luego de la rendición de Puerto Argentino. El Canberra que había partido antes en misión, al mando de los capitanes Roberto Pastrán y Fernando Casado ya había sido derribado sobre Malvinas. Pastrán logró eyectarse y sobrevivir, Casado murió. Para ese momento salir en misión era casi una sentencia de derribo dado que el espacio aéreo de las islas era totalmente controlado por Inglaterra.

El descalabro institucional que había generado la dictadura emergió patente ante la presión que ejercía la guerra. “Yo me enteré que recuperábamos Malvinas yendo a la brigada en mi auto”, recordó Acosta.

La institucionalidad también atañe a la capacidad de una sociedad para elegir adecuadamente las batallas que pelea y dar una respuesta pertinente a los desafíos que enfrenta. “Durante años los militares nos autoimponíamos misiones y la defensa es mucho más que eso. En primer lugar no es un tema exclusivamente militar, pero además se trata de una sociedad orientada hacia objetivos comunes, no hacia la guerra, sino hacia objetivos nacionales”, reflexionó Acosta.

  • La necesidad del desarrollo

Si una guerra puede dejar al descubierto las debilidades de una sociedad, la ausencia de desarrollo es definitivamente una de ellas. Un desarrollo que también tiene varias aristas, siendo el dominio de las tecnologías y la previsión de los acontecimientos dos de ellas.

“No estábamos preparados para un combate aeronaval y eso te habla de improvisación- recordó Acosta -. Camaradas de escuadrón se eyectaron, cayeron al mar y murieron con un traje común porque no se les había provisto de un buzo antiexposición”.

En relación a las dependencias que la ausencia de desarrollo provoca, Acosta mencionó su experiencia personal en la guerra “combatí a los ingleses con un avión inglés que ellos estaban sacando de servicio”. Y añadió, “es lindo emocionarse con el izado de la bandera y el ‘viva la Patria’, pero como nación tenés que apuntar a un desarrollo que te de independencia, sino no tenés soberanía. Tecnológicamente nunca podés tener todo, pero hay cosas que se pueden, hoy tenemos el ejemplo de los radares de INVAP, lo que hace FAdeA, etc”.

  • Inspiraciones

El análisis preciso y sin ocultamientos de las limitaciones, fallas y extravíos, del pasado y del presente, es fundamental y un deber de honestidad, pero quedarse sólo en eso fácilmente lleva a desbarrancar hacia la desesperanza que no permite superar ninguno de los males existentes y es buena para atraer a otros nuevos.

Acosta apela, una vez más, a las enseñanzas de lo vivido: “Malvinas debería ser una causa nacional, un punto de unión, no para salir como locos a recuperarlas, sino para construir un proyecto de nación para desarrollarnos tecnológica y científicamente, posicionándonos en el mundo. Malvinas, como símbolo es aglutinador. Es quizás el único punto en el que casi no tenemos disidencias”.

Cuando la lucha es mucha y los resultados del buen esfuerzo magro, no es fácil perseverar en lo mejor. Hay bastante analogía entre el agobio que una persona responsable y bien intencionada puede sentir en tiempos de oscuridad y adversidad, con la angustia que invade a quién va a la guerra siendo plenamente consciente de lo que ello implica, tanto para el mismo como para los demás.

“Para ir al combate, cada uno lo resuelve de una manera muy personal. Uno tiene que buscar adentro de uno mismo las razones para subirse al avión y a la Patria hay que corporizarla en algo. A mí, lo que me daba fuerzas era ver en algunas imágenes de televisión a toda esa gente dando lo que no tenían para apoyar. Me acuerdo de una viejita que donaba los aros. Entonces uno dice, yo estoy para esto, ellos están esperando de mí que cumpla con mi deber con la Patria. Y ese deber era responder a esas personas, sino te quedás con algo abstracto que necesitás corporizar”, cerró Acosta.

En los momentos más duros de la existencia, sea en términos individuales o colectivos, no es raro que brote lo peor de los seres humanos o las sociedades, pero igualmente pueden ser ocasión de sus más sublimes expresiones. En esas ocasiones, las lecciones y las inspiraciones legadas por otros instantes agobiantes y por quienes los transitaron con valor y dignidad, son fundamentales para no perderse.

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