En España, frente al presidente local ofreció trigo, aceite de girasol, fertilizantes y gas licuado de petróleo (GLP); un día después, junto al canciller alemán Olaf Scholz en una conferencia de prensa, el presidente argentino, dijo que “Argentina es hoy un reservorio de lo que el mundo está demandando en este presente, somos grandes productores de alimentos, somos grandes productores de energía”. Esto último en referencia a la reserva de Vaca Muerta sobre la cual, el primer mandatario explicitó su deseo que se transformara en un proveedor internacional de GLP.
Persistencias que atrasan
La gira de Alberto Fernández por Europa exhibió, en los esfuerzos por promover las exportaciones, la persistencia de una concepción nada favorable para el desarrollo nacional. Llamativamente, del viaje estuvo excluida Holanda, donde Argentina lleva a cabo una proeza tecnológica.
Hagamos abstracción de las cuestiones de política internacional que Fernández trató con los mandatarios europeos a los que visitó y también de lo correcto, o no, de la calificación de Argentina como un productor de energía que pueda competir a escala mundial. Hay muy atendibles dudas sobre ello entre los expertos, incluso contabilizando Vaca Muerta. El problema central que emerge del enfoque presidencial en esta gira europea es que un gobierno que se pretende desarrollista fue a ofrecerle a uno de los núcleos más consolidados de los países avanzados una oferta exportadora únicamente integrada por recursos naturales, en el mejor de los casos con mínimos procesos de industrialización, justo el rol que ha condenado a la Argentina al atraso sempiterno y lo mismo que proponen los profetas de la ideología de la destrucción que explícitamente quieren retrotraer al país al siglo XIX. Paradójico, porque entre tanto, Argentina le está vendiendo a Europa, a través de Holanda, uno de sus más estratégicos reactores nucleares.
Necesidades, oportunidades y virtudes
No es que esté mal que Alberto Fernández haya ido a ofrecerles a los europeos, en el terrible contexto internacional actual, los bienes y servicios que Argentina tiene más a mano, como el trigo, el aceite de girasol o el GLP; lo errado es haberse quedado sólo en eso.
Argentina padece un serio problema de pobreza, mala distribución de la riqueza, subdesarrollo y carencia de divisas. ¿Quién podría oponerse en estas adversas circunstancias a que, en un contexto de restricción de la oferta internacional de alimentos, petróleo y gas por la guerra entre Rusia y Ucrania, el país saliera a ofrecer esos dos conjuntos de bienes de los que tiene disponibilidad? Nadie. La cuestión estriba en que Argentina precisa desarrollarse y ya se ha visto a lo largo de 200 años que eso no ocurre, ni mucho menos sucederá en el futuro, basando su inserción internacional en la venta de recursos naturales con mínimos niveles de valor agregado.
Si quienes declaman la importancia de la inversión en ciencia y tecnología para remediar buena parte de los males del país, luego muestran a éste ante el mundo como un mero “reservorio” de materias primas, es preocupante porque exhibe la persistencia de una concepción que está en el fundamento del atraso nacional y que habría colonizado las mentes, incluso, de quienes se han postulado para superarla.
Argentina debería estar aprovechando esta oportunidad que le ofrece la crisis en la que se está sumergiendo el mundo, y de la que sólo estamos viendo los primeros actos, para acumular poder, una parte del cual pasa por mejorar su balanza comercial con más exportaciones; pero otra tan o más importante, viene dada por el incremento de sus capacidades tecnológicas y productivas. Esa sí sería una estrategia virtuosa en la cual, los ingresos que podrían obtenerse por la venta de recursos naturales o materias primas contribuyeran a financiar un salto cualitativo en la matriz productiva del país, pero ello no parece ser en esta ocasión el planteo del actual gobierno nacional y la omisión de Holanda en la gira presidencial es un dato a prestar atención.
Pallas omitido
No hace falta especular con un futuro indeterminado en el cual una Argentina soñada pueda exportarle a los países del “Primer Mundo” bienes y servicios de alta tecnología. A no muchos kilómetros de donde Alberto Fernández realizó su reciente gira europea que abarcó del 11 al 14 de mayo de 2022, la empresa estatal rionegrina INVAP construye en Holanda el Pallas, un reactor nuclear de producción de radioisótopos medicinales.
En 2018 INVAP ganó la licitación internacional para el diseño y construcción del Pallas, era la segunda vez que se presentaba al proceso de selección y salía elegida por tener la mejor oferta. Diez años antes ya había ganado la primera edición de dicha licitación pero en aquél momento el gobierno de Holanda terminó anulándola por falta de financiamiento. La versión oficial fue que la crisis financiera mundial de 2008 había cercenado las fuentes de dinero para el proyecto. Sin endilgarle falsedad a ese argumento, al parecer también había influido en aquélla decisión cancelatoria la presión ejercida por la Unión Europea (UE) sobre Amsterdam para que diera de baja la licitación ya que no sería bien visto que un país no europeo, y para peor del ”Tercer Mundo” como Argentina, se convirtiera en un proveedor de una instalación crítica de alta tecnología para la desarrollada Europa.
La criticidad del Pallas viene del hecho de que una vez terminado sustituirá al HFR (reactor de alto flujo por sus iniciales en inglés), un viejo reactor de origen inglés operativo desde 1961 que ya está llegando el fin de su vida útil. El HFR provee el 70% de los radioisótopos de uso medicinal que cada año consume Europa y el 30% de los empleados a nivel mundial. Como si esto no fuera suficientemente relevante, la oferta internacional de radioisótopos medicinales escasea desde hace años por lo que tener capacidad de autoabastecerse de ellos se ha transformado en una cuestión estratégica. El reactor argentino le permitirá a Europa conservar esa capacidad. Es por esto que hubiera sido tan trascendente que Alberto Fernández incluyera a Holanda en su reciente gira.
Valor agregado
Un indicador bastante ilustrativo de cuanto es el valor agregado de un bien es calcular su precio por kilogramo. Una cuenta sencilla que en el ámbito del comercio entre países expone de una manera diáfana y contundente si lo que se está vendiendo es realmente útil o no para promover la riqueza de la nación exportadora.
Alberto Fernández ofreció en su reciente gira hispano-franco-germana trigo, aceite de girasol y GLP. Tomemos el primero y el último de estos productos.
El 16 de mayo de 2022, luego de conocerse el cierre de las exportaciones de trigo por parte de la India, la cotización de dicho cereal alcanzó los 458,3 dólares estadounidenses (U$D) por tonelada, o sea, U$D 0,45 el kilogramo (Kg).
A mediados de mayo del 2022 el kilogramo de gas licuado de petróleo para el mercado europeo ronda U$D 1,5, con algunas variaciones entre países.
Comparemos estos valores con dos de los bienes de producción argentina que están en el tope tecnológico de sus respectivos sectores. El primero es el mencionado reactor nuclear Pallas. El costo total del proyecto es de unos 600 millones de euros que, para homogeneizar las unidades dimensionales empleadas, como se nos enseñó en la escuela secundaria, diremos que representan U$D 629 millones. Los reactores tienen un componente importante de obra civil que no se exporta cuando el diseñador y fabricante del mismo es una empresa extranjera, sino que se contrata con proveedores locales.
Esa obra civil en el caso del Pallas representa cerca del 30% del total. Otro 30% corresponde a los equipos e instalaciones varias que lleva el reactor (cañerías, bombas, sistemas eléctricos, etc) y un 40%, siempre estimativo, a la ingeniería. Sacando el edificio de hormigón, el resto de las instalaciones de un reactor como el Pallas pueden alcanzar un peso de 100 toneladas (Tn). La ingeniería casi en su totalidad es de origen argentino y de los equipos e instalaciones supongamos que lo sea la mitad y el resto se compra a proveedores en el extranjero por lo que no califica como exportaciones del país. Esto nos da que el 55% del valor del reactor (U$D 345 millones) es valor agregado nacional que se vende en el exterior. Calculado sobre los 100.000 Kg (100 Tn) del reactor “neto” (sin el edificio de hormigón) da un valor del kilogramo de U$D 3.450.
Veamos ahora el caso del IA-63 Pampa III, el avión de entrenamiento avanzado que la Fábrica Argentina de Aviones “Brig. San Martín” (FAdeA) produce en Córdoba. Su precio oscila entre los U$D 13 y 15 millones según la configuración y su peso es de 3.890 Kg sin cargas externas. Tomando un valor medio, el kilogramo da U$D 3.800 aproximadamente.
O sea, el gobierno argentino promociona en los principales países europeos la venta de cosas cuyos precios en kilogramos son de apenas unos centavos de dólares, mientras omite las producciones nacionales que valen miles de dólares el kilo.
Se podría objetar que bienes como los aviones tienen un alto componente de insumos importados y por lo tanto no todo su precio es valor argentino. Sería correcta esa observación pero ella también debería aplicarse a la producción de bienes primarios como los cereales o los hidrocarburos. En el primer caso, buena parte de los insumos que se emplean, empezando por los germinales de las semillas transgénicas, son extranjeros o pagan derechos de propiedad intelectual fuera del país; en el segundo, mucho del equipamiento o los procesos que se emplean para su extracción y refinamiento también son de origen foráneo. Si la cuenta debiera hacerse con mayor precisión, tendría que abarcar a todos los sectores, y el diferencial entre los bienes intensivos en conocimiento y los que no lo son seguramente se mantendría.
Valorar lo propio
Vale reiterar lo dicho. Es correcto que el gobierno salga a promocionar la venta de sus commodities agrícolas e hidrocarburíferos, lo inconcebible es que en el camino omita hacer otro tanto con aquellos bienes o servicios nacionales que valen mucho más. No deja de sorprender, también, que el gobierno no reconozca sus propios logros.
La gestión de Alberto Fernández volvió a poner en marcha un proyecto de industrialización del país, recuperó el estatus del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación (MINCyT) y reconstituyó el presupuesto para investigación y desarrollo (I+D) luego de los nocivos años de la presidencia de Mauricio Macri. Mientras en todos los años del gobierno de Juntos por el Cambio la función ciencia y tecnología decreció presupuestariamente, en tiempos del Frente de Todos, sólo en 2020, producto de la inusitada pandemia de la COVID-19, tuvo un descenso en términos porcentuales, para rápidamente recuperar en 2021, y en lo que va de 2022, la senda de crecimiento (Gráfico 1) que había tenido en tiempos de Cristina Fernández. El aumento de la inversión de la inversión en I+D del gobierno de Alberto Fernández se verifica incluso si se la calcula en valores monetarios constantes de 2022 (Gráfico 2).
El propósito final de toda esa inversión es el cambio de la matriz productiva de la Argentina, la transformación de los modos de inserción económica internacional del país y el fortalecimiento de la soberanía de la nación. Ello es un claro mérito del gobierno de Alberto Fernández. Sin embargo, cuando él mismo sale a promocionar al país en momentos críticos del mundo, cuando las crisis generadas en otras latitudes pueden ser una gran oportunidad para reposicionarse en el tablero internacional, queda atrapado por las concepciones que han estado en el centro del recurrente atraso nacional, con su consecuencia de múltiples padecimientos para su población. Un mal que ya debería estar bien exorcizado, al menos entre quienes se identifican con un proyecto de país que aspira a superar esas rémoras.
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